La maternidad te va desgastando los bordes de los recuerdos. La memoria se hace endeble, fina como un delicado papel de arroz a través del que todo trasluce y en el que se fijan, como golpes de tinta china, cuatro informaciones básicas, fundamentalmente de logística, sobre cantidades de medicamentos, horarios de guardería y poco más.
El amor también te vuelve olvidadiza. Unos labios borran a otros labios y se superponen a ellos.
Ya no recuerdo, entre maternidad y amor “conyugal”, cuántos hombres me abrazaron, cuántas veces susurré “te quiero” en un oído que no es el tuyo, cuántos amores creí sentir -irrenunciables y más grandes que yo misma- y se esfumaron sin dejar huella.
Yo he tenido mi segunda hija hace dos meses y estoy recordando muchas cosas que ya había olvidado. Y no me refiero a cómo poner pañales, sino a como te sonríe el bebé a cómo te llama a como crece cada día a cómo evoluciona. La vida es así, mi vida ya no es mi vida, ya es de ellas.
No lo podría haber explicado mejor
Ya no tenemos vida propia.