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Archive for the ‘Amores locos’ Category

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Un chispazo de deseo y la atmósfera cambia. Un nudo de ansias dificulta la respiración. El latido del corazón deviene una red de explosiones en el cielo encendido de una ciudad acosada por la guerra. Un ramalazo de calor, una llamarada, comienza a consumirla a una por las piernas, quema el vientre, se escapa por la garganta. Cuando el fuego se enreda con las palabras, llegan los problemas.

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3

Deslizarse, poco a poco, en la bigamia. Partir el corazón en dos cachos y enviar uno a Abiyán y el otro, a Casablanca.

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Maldición

Hay noches en que me puede la nostalgia y maldigo el momento en que compartimos nuestro primer café, en el bar de un hotel de Tenerife, hablando de cómo arreglar el mundo.

Si tengo una noche mala, maldigo el momento en que bailamos por primera vez y sentí que el corazón se me paralizaba dentro de la caja torácica y se me derretían todos los huesos desde la cadera hasta los tobillos.

Pero también hay noches especialmente malas. Solas y tristes como los juguetes olvidados en la playa. En esas noches maldigo el momento en que tu boca paró a la mía, a medio camino entre tus mejillas, la cubrió sin pedir permiso y acalló todas mis protestas con un beso. Recuerdo que te había llevado a tu casa en coche e intentaba despedirme. Maldigo tus brazos que me amarraron a aquel beso y la lengua que me convenció sin palabras de unir mi destino al tuyo.

Tengo otras maldiciones preparadas en la recámara. Algunas más cargadas de bilis y dolor. Pero en las noches más oscuras me centro en ese primer beso que fue un fogonazo en la miseria de mi pasado y abrió las puertas a la miseria en la que chapoteo en mi amargo presente.

Y mastico boleros…

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Mis suegros se llaman Pierre y Antony y viven en un pueblito denominado Divo, en una zona selvática al noroeste de Abiyán. Él es un pedagogo retirado, adscrito a la escuela didáctica de mi madre, también conocida como la de la alpargata justiciera. O eso me dice el Hombre, que me asegura que, cada anochecida, hacía los deberes en una mesita en el patio de su casa, bajo la supervisión de su padre, sin levantar la cabeza rizada del libro por temor al castigo.

Cuando me habla de su infancia, siempre me imagino una casa con un patio de tierra roja, luces como focos taladrando la oscuridad y un ocaso pesado bajo el zumbido de miles de insectos. También imagino que las piernas del Hombre, flacuchas y llenas de moretones y mataduras de campo de fútbol, no llegaban al piso y colgaban, todavía con sus botas de tacos amarradas, de una silla enorme. Que bajaba sus grandes ojos dulces para que su padre no le preguntara nada, sabedor de que el entonces maestro metía la letra con sangre en las cabezas de sus cinco hijos cuando fallaban otros métodos.

Ahora Pierre está retirado. De vez en cuando hablamos por teléfono y, cuando mi francés decalé y coupé se convierte en una barrera, cambiamos a un inglés dudoso. Por eso, el Hombre le envió un libro para que aprenda español, que el viejo profesor se está tomando tan en serio como su papel de intelectual en su pueblo y la representación de la familia en funerales.

Antony es ama de casa, como mi madre. Una mujer que habla poco y se ríe mucho, como tímida, por teléfono. Creo que para el Hombre es más sagrada que Drogba y Buenafuente juntos. Que si Antony me pusiera un pero chiquitito, él me botaría por la borda de su vida sin remordimientos ni dudas.

Esa mujer lleva con mano firme el timón de un barco donde ya hay tres hijas, dos hijos, una hijastra, varios familiares políticos y unos cuantos nietos y también tiene tiempo para su libro de español, que el Hombre está repartiendo entre todos sus parientes cercanos con vistas a una futura visita. Y no sé por qué, sólo de imaginarla al otro lado de la línea, con su suave risa de incomprensión viajando hacia mí, intuyo que Antony está hecha de la misma madera que mi madre. Que tiene aspecto dulce y entrañas de hormigón armado. Que ni las animadoras del Granca, en plan dominatrix y haciendo restallar sus látigos en el aire, la acobardarían. Y que, pese a lo que diga el Hombre y como mi madre, ella es la que lleva los pantalones en casa y la que le toma la lección a Pierre en la intimidad.

A veces, me gusta imaginarnos a los dos.

Yo, de niña, en verano, con el libro Santillana y a la vera de mi madre, a ratos roncando y a ratos haciendo pender sobre mi cabeza una mirada fulminante. Él, de niño, en verano, repasando cuentas con su padre al lado, armado con una regla gigantesca.

A veces, me gusta imaginar que nos recompensaron con una sonrisa orgullosa o nos largaron un alpargatazo al mismo tiempo, aunque en latitudes, países y colores diferentes. Que compartimos un breve momento de gloria o terror en nuestra niñez.

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La maternidad te va desgastando los bordes de los recuerdos. La memoria se hace endeble, fina como un delicado papel de arroz a través del que todo trasluce y en el que se fijan, como golpes de tinta china, cuatro informaciones básicas, fundamentalmente de logística, sobre cantidades de medicamentos, horarios de guardería y poco más.

El amor también te vuelve olvidadiza. Unos labios borran a otros labios y se superponen a ellos.

Ya no recuerdo, entre maternidad y amor “conyugal”, cuántos hombres me abrazaron, cuántas veces susurré “te quiero” en un oído que no es el tuyo, cuántos amores creí sentir -irrenunciables y más grandes que yo misma- y se esfumaron sin dejar huella.

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Escuché su voz como llegando de otra vida, profunda y socarrona y dulce. Me invitó a pasear por la playa aquella misma noche y no pude encontrar excusas convincentes. Cuando nos vimos, en un bar irlandés de la zona portuaria, me abrazó con todo el cuerpo durante unos minutos que me parecieron, a un tiempo, infinitos y nada. Me sentí sargazo atribulado por la marea hasta que me robó un beso, a medio camino entre las mejillas, con determinación y ternura. Me amordazó con su boca para que no pudiera ni supiera protestar.

A continuación me agarró la mano con la que intentaba separarme de él y a partir de ahí dejé de ser yo sola para convertirme en otra cosa.

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Con sólo dieciséis diciembres se separó definitivamente de su familia.

Ellos se mudaron a Bassam, siguiendo al patriarca y su nuevo trabajo. Él se dirigió a Abiyán, donde compartía un apartamento con otro amigo futbolista y pasaba los días entrenándose ferozmente y jugando como un loco al fútbol.

Cuando se separaron su padre lo apartó y, poniéndole las manos en los hombros, le dijo:

-Me recuerdas a mí mismo de niño. Apenas era capaz de mantenerme sobre los pies descalzos y ya apuntaba con el dedo gordo de mi pie derecho a un perro, un aguacate tirado en medio de la carretera, una lata, un tenique blanco.

Se detuvo para acariciarse la rodilla que se truncó junto con su carrera cuando estaba en su plenitud como deportista y como hombre. El aguacatero proyectaba sombras móviles sobre su cara, casi sin arrugas pero misteriosamente avejentada.

-Recuerda a tu abuelo cuando triunfes –continuó- También recuérdalo si no llegas a triunfar. No olvides la historia de cómo quisieron comprarle los franceses con un pasaporte y cómo vio a tantos africanos morir en la guerra en Europa. Tienes que ser fiel a tus raíces, a tu familia, a tu piel negra como el ónice. Nosotros nos sentiremos orgullosos de ti, suceda lo que suceda. Y rezaremos a todos los dioses, los blancos y los nuestros, para que te protejan.

Su madre los llamó desde la puerta antes de que el maestro rural pudiera continuar. Había preparado alloco con fufú para la ocasión, porque era el plato preferido del hijo que partía. Después de la siesta irían al Hotel des Cascades, a nadar en la piscina y comer helado de pistacho.  

-Aprende de mi mala cabeza –el maestro dejó que las palabras flotaran en la pereza amable bajo el aguacatero- Nunca hice nada por culpa del diablo que llevo dentro y que me empuja a correr detrás de las mujeres. Tú tienes suerte: sólo te interesa el fútbol. No dejes que nada te desvíe de tu camino, del sueño que Dios ha puesto en tu corazón. No permitas que te enreden la vida otros. Decide siempre por ti, aunque nos hagas daño y tengas que separarte de los que te queremos. Incluso aunque tengas que cruzar el mar y marcharte a Francia. Y, si vas a Francia, no te olvides de las palabras de tu abuelo, de su pasaporte roto, de los cuentos que te recitaba de noche antes de irse a rezar con los ancianos del pueblo.

El padre se levantó, lanzando un quejido por mor de la rodilla quebrada, y avanzó despacio hacia la casa, dejándolo sumido en sus pensamientos. Aquel día lo vio tal como era: no un maestro temible que sabía todas las respuestas o el deportista ufano, casi invencible, que había conquistado a su madre bailando rumbas y chachachás en los guateques de su juventud. Era sólo un hombre mayor, cansado y defraudado por la vida y por sus propias elecciones. El peso de las esperanzas rotas se enganchaba a sus hombros para lastrarle los pasos.

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