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Archive for the ‘Amores locos’ Category

La lucha interna

Situación: la narradora y Laurent, su co-protagonista, se conocen en Tenerife. Coinciden en unas jornadas organizadas por una ong para voluntarios que trabajan con inmigrantes. Ella se siente atraída por él de inmediato pero, por razones que desconocemos, elige alejarse sistemáticamente de su persona. Se separan cuando vuelven a Gran Canaria. Su intención es no volver a verle.

Todos nos habíamos intercambiado direcciones de correo electrónico y números de teléfono ya desde el primer día. Cuando llegué a casa, lo primero que hice tras depositar mi bolsa de ropa en el montón de la colada pendiente fue sentarme en la cama para buscar sus datos en mi libreta y borrarlos, determinada, a fuerza de gruesas y precisas líneas de rotulador. También ignoré las llamadas de números desconocidos durante varias semanas y casi no consulté mi correo electrónico, decidida a eliminar a Laurent y todas sus posibles coordenadas de mi vida.

Pasaron los días, lentos y mortalmente aburridos sin la posibilidad de Laurent cerca.

En la televisión seguía las noticias de su país, aunque ahora con una mezcla de cinismo y de brutal ternura. Sobre las palabras de los locutores escuchaba su voz, que me arrullaba con una nana donde recogía los nombres de cada muerto, cada escuela quemada, cada mujer violada, cada niño huérfano.

Los días estaban a punto de detenerse, igual que mi vida. Había cortado amarras con él antes de que nos atáramos mutuamente y me intentaba convencer, cada noche, antes de dormirme, de que había hecho lo correcto. Hacía falta un ejercicio de voluntad casi inhumana para levantarme por las mañanas, sabiendo que él no estaba allí ni se le esperaba.

Una mañana creí verlo caminando bajo el sol por el arcén de una carretera en Vecindario, la localidad donde me había dicho que vivía. Brillaba bajo el sol como un pájaro de fuego y cargaba una enorme bolsa de deportes. Casi frené en seco, casi me estrellé contra otro coche por perderme en el retrovisor para andar junto a él y averiguarle los rasgos y el humor del día. Todo quedó, una vez más, en un casi. Su figura desapareció en una curva del camino y no volví atrás.

Una mañana de viernes, cuando ya sentía que la sangre se había secado en mi cuerpo y no me quedaban razones para transitar por mi vida, me distraje un segundo y acepté la que resultó ser una llamada suya.

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Y así termina …

Regresó inesperado, armado con un pasaporte francés que rompió en cachitos nada más pisar suelo marfileño, ante la mirada atónita de los estibadores del puerto. Se fue directo desde Abiyán al pueblo, subido en el volquete de un viejo camión destartalado, cargado de manos de banana y sacas de arroz chino.

Nada más llegar, se fue directo a la casa de la que fuera su novia y allí le informaron de que era la mujer de otro.

En un impulso que le traía en sus alas desde Francia, se fue directo a la casa del comerciante y allí sus ojos se posaron en los hijos de su antiguo amor, jugando en la arena del patio. Ella molía el arroz silvestre en el mortero, con un paño envolviéndole los rizos y los brazos cargados de pulseras de cuentas. Era exactamente la misma que cuando él partió, aunque una fina arruga se le dibujaba, pensativa y amarga, entre las cejas.

Simplemente se miraron.

Ella se fue, dejando el mortero y los hijos detrás, para recomenzar su vida con el veterano de guerra.

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Laurent pareció sumirse en sus propios pensamientos, con la tostada suspendida a medio camino de su boca. Me pregunté qué habría vivido para parecer, de repente, tan sombrío, inconsolable.

-La vida en el norte es dura –continuó, de repente, sobresaltándome- Precisamente por eso muchos se sumaron a la rebelión. Ouattara les dijo que en el sur nadie los quería. Por musulmanes, por extranjeros. Es tierra diula. Muchos senufos o gente de otras etnias del norte se denominan diula, pero los diulas son en realidad los hijos de emigrantes burkineses o malienses o de Guinea. Muchos de ellos están llenos de resentimiento. Hay un 20 por ciento de extranjeros en Costa de Marfil. Quieren tener los mismos derechos que los marfileños, es normal. Hay gente que ha vivido en mi país más de veinte años, toda la vida, pero siguen siendo extranjeros. Hay otros que compraron los papeles y la nacionalidad a policías corruptos.

Me miró fijamente antes de acabar.

-Es duro ser extranjero –concluyó casi en un susurro.

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Empezamos a salir en mayo, aunque no recuerdo la fecha exacta.

Como Laurent no tiene costumbre de celebrar aniversarios ni cabeza para recordarlos, suele bromear diciendo que nuestra primera cita coincidió con el anuncio del Banco de Desarrollo Africano de que regresaba a Abiyán, tras años exiliado en Túnez por culpa de la guerra civil.

Poco importa que el Banco se retractara de sus palabras a los pocos días debido a los problemas de seguridad de Abiyán y que prefiriera quedarse en el Túnez tocado por la Primavera Árabe antes que regresar a las calles fragmentadas por los puestos de control de los dozos, deseosos de hacer caja a través de la extorsión, los robos a mano armada y los secuestros.

Los comunicados anunciando el retorno a Costa de Marfil y los desmentidos se sucedieron durante meses y acabaron convirtiéndose en una especie de macabra broma entre los abiyaneses.

A veces Laurent se siente más creativo o provocador o misterioso y afirma que empezamos a salir cuando comenzó a funcionar la Comisión de la Verdad y la Reconciliación o cuando mandaron a Gbagbo al Tribunal Penal Internacional o cuando Ouattara leyó su primer discurso ante la ONU.

En cualquier caso, aprendí a convivir con esa indefinición y jamás me preocupé por fijar una fecha para nuestro aniversario. Planeábamos nuestros cumpleaños como si fueran funerales e intentábamos pensar que todas las fechas eran dignas de celebración sin estábamos juntos.

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Y no hay ni una nube en este cielo de color celeste desvaído. O por lo menos, en el cachito que se aprecia desde la ventana por la que entran los gorjeos y los gruñidos de los coches y los frenazos y el sobresalto de las motos petardeando Don Pío Coronado abajo.

Mi espalda toda es un dolor, con tanta siesta intermitente y tanto alzamiento de niño en la oscuridad y esos intentos de mantener los ojos abiertos para asegurarme de que come bien. De que no quedo con el pecho helado al aire y el niño arrumbado en una esquina de la cama, los dos catalépticos en la madrugada.

Tras el cachito de queque con leche de por la mañana y mientras Marc corretea por el parque, pienso en volver a Etiquetas, de Evelyn Waugh, o en terminarme El Imperio de Kapuscinski. Sin embargo, reconozco que lo más probable es que acabe leyendo cachitos de La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl, a un Miguel que me mira con incomprensión mezclada con pánico.

Siguen sin tocarnos la lotería ni la quiniela, así que preveo que la vida seguirá siendo un buche y que la envidia al sistema sueco, con ese añito de baja maternal, seguirá despuntando cada vez que piense en el regreso al trabajo, en apartarme de Miguel y dejarlo en manos de sus abuelos. Los que amenazan con bautizarlo o subirlo una semana a Tejeda sin permiso.  

Bostezo. Creo que hasta la tarde no seré persona  ni podré resistir la lectura de tres palabras seguidas. Vuelvo a la cama.

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Hoy me levanté pesada y con la espalda dolorida, además de enchumbada en mis propios fluidos con este solajero cruel.

Sin embargo, también me levanté feliz por el reencuentro con un placer que refresca más que remojarse las corvas en la Playa Chica, como es meterse en un libro y desafiar a los mosquitos, el sueño casi enfermizo, la retención de líquidos y otros males y conjunciones planetarias que le acechan a una en el salón de casa.

Así que agradezco a Nenito que me regalara Persépolis, de Marjane Satrapi, en mi 37º cumpleaños. También agradezco a Alexis Ravelo, Antonio Lozano y, sobre todo, Dobrina Gospodinoff, la recomendación de Andrea Camilleri y su inspector Montalbano. Agradezco a Antonio Bordón que sepa cómo fascinarla a una con un encadenamiento elegante y limpio de palabras, mientras pide que nos carguemos a Borges.

También alabo a un poder supremo no divino por el regreso de Silvia desde el Norte y la inminencia de las vacaciones. Y, sobre todo, porque me quedan Murakami, McCall Smith, Evelyn Waugh y mucho más por devorar en las estanterías … esos artilugios que volarán a la casa de los abuelos de Miguel para hacerle sitio a mi león chico, junto con un cargamento de libros y de recuerdos que no caben en mi vida actual si hay que hacerle sitio a un nuevo roomie.

pd. Esther y Fran, el artista antes conocido como el Hombre dice que les debemos una comida en casa y agradecimiento eterno por vehículo motor, visitas en el hospital y miles de favores y alegrías. Estoy de acuerdo con él. Y de vacaciones, me repito, la semana que viene. Hablamos …

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Un tercer ojo me crece en el vientre, estupefacto. Por él, Miguel podría mirar al exterior, si sus ojitos funcionaran correctamente y mi piel fuera más fina, casi traslúcida.

En el tendedero, trabado a una liña con sus tirantes, se regodea  bajo el solajero mi bañador premamá nuevo. Ése que me convierte en una enorme boya de color turquesa, flotando torpemente en las aguas revueltas de la piscina de Las Rehoyas. Los pechos, cada vez más díscolos (y grandes), pugnan por salirse del escote demasiado abierto. El simpático monitor nos fustiga, exigiendo largos de crol y espalda dignos de un Phelps para arriba.

Hoy quisiera visitar el CAAM, anegado por la marea migratoria de elojodearena, pero dudo que sea persona después de una sesión de matronatación de esta tarde. También quiero terminarme el sórdido, duro, repugnante a veces a la par que adictivo y desasosegante Déjame entrar. Aunque me esté poniendo mala cuando lo cato y me enturbie los sueños.

Después te prometo, Miguel, que sólo veremos comedias y leeremos cosas alegres y ligeras. No más contagios.

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