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Archivos de la categoría ‘Amores locos’

Los comienzos

Empezamos a salir en mayo, aunque no recuerdo la fecha exacta.

Como Laurent no tiene costumbre de celebrar aniversarios ni cabeza para recordarlos, suele bromear diciendo que nuestra primera cita coincidió con el anuncio del Banco de Desarrollo Africano de que regresaba a Abiyán, tras años exiliado en Túnez por culpa de la guerra civil.

Poco importa que el Banco se retractara de sus palabras a los pocos días debido a los problemas de seguridad de Abiyán y que prefiriera quedarse en el Túnez tocado por la Primavera Árabe antes que regresar a las calles fragmentadas por los puestos de control de los dozos, deseosos de hacer caja a través de la extorsión, los robos a mano armada y los secuestros.

Los comunicados anunciando el retorno a Costa de Marfil y los desmentidos se sucedieron durante meses y acabaron convirtiéndose en una especie de macabra broma entre los abiyaneses.

A veces Laurent se siente más creativo o provocador o misterioso y afirma que empezamos a salir cuando comenzó a funcionar la Comisión de la Verdad y la Reconciliación o cuando mandaron a Gbagbo al Tribunal Penal Internacional o cuando Ouattara leyó su primer discurso ante la ONU.

En cualquier caso, aprendí a convivir con esa indefinición y jamás me preocupé por fijar una fecha para nuestro aniversario. Planeábamos nuestros cumpleaños como si fueran funerales e intentábamos pensar que todas las fechas eran dignas de celebración sin estábamos juntos.

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Y no hay ni una nube en este cielo de color celeste desvaído. O por lo menos, en el cachito que se aprecia desde la ventana por la que entran los gorjeos y los gruñidos de los coches y los frenazos y el sobresalto de las motos petardeando Don Pío Coronado abajo.

Mi espalda toda es un dolor, con tanta siesta intermitente y tanto alzamiento de niño en la oscuridad y esos intentos de mantener los ojos abiertos para asegurarme de que come bien. De que no quedo con el pecho helado al aire y el niño arrumbado en una esquina de la cama, los dos catalépticos en la madrugada.

Tras el cachito de queque con leche de por la mañana y mientras Marc corretea por el parque, pienso en volver a Etiquetas, de Evelyn Waugh, o en terminarme El Imperio de Kapuscinski. Sin embargo, reconozco que lo más probable es que acabe leyendo cachitos de La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl, a un Miguel que me mira con incomprensión mezclada con pánico.

Siguen sin tocarnos la lotería ni la quiniela, así que preveo que la vida seguirá siendo un buche y que la envidia al sistema sueco, con ese añito de baja maternal, seguirá despuntando cada vez que piense en el regreso al trabajo, en apartarme de Miguel y dejarlo en manos de sus abuelos. Los que amenazan con bautizarlo o subirlo una semana a Tejeda sin permiso.  

Bostezo. Creo que hasta la tarde no seré persona  ni podré resistir la lectura de tres palabras seguidas. Vuelvo a la cama.

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Hoy me levanté pesada y con la espalda dolorida, además de enchumbada en mis propios fluidos con este solajero cruel.

Sin embargo, también me levanté feliz por el reencuentro con un placer que refresca más que remojarse las corvas en la Playa Chica, como es meterse en un libro y desafiar a los mosquitos, el sueño casi enfermizo, la retención de líquidos y otros males y conjunciones planetarias que le acechan a una en el salón de casa.

Así que agradezco a Nenito que me regalara Persépolis, de Marjane Satrapi, en mi 37º cumpleaños. También agradezco a Alexis Ravelo, Antonio Lozano y, sobre todo, Dobrina Gospodinoff, la recomendación de Andrea Camilleri y su inspector Montalbano. Agradezco a Antonio Bordón que sepa cómo fascinarla a una con un encadenamiento elegante y limpio de palabras, mientras pide que nos carguemos a Borges.

También alabo a un poder supremo no divino por el regreso de Silvia desde el Norte y la inminencia de las vacaciones. Y, sobre todo, porque me quedan Murakami, McCall Smith, Evelyn Waugh y mucho más por devorar en las estanterías … esos artilugios que volarán a la casa de los abuelos de Miguel para hacerle sitio a mi león chico, junto con un cargamento de libros y de recuerdos que no caben en mi vida actual si hay que hacerle sitio a un nuevo roomie.

pd. Esther y Fran, el artista antes conocido como el Hombre dice que les debemos una comida en casa y agradecimiento eterno por vehículo motor, visitas en el hospital y miles de favores y alegrías. Estoy de acuerdo con él. Y de vacaciones, me repito, la semana que viene. Hablamos …

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Un tercer ojo me crece en el vientre, estupefacto. Por él, Miguel podría mirar al exterior, si sus ojitos funcionaran correctamente y mi piel fuera más fina, casi traslúcida.

En el tendedero, trabado a una liña con sus tirantes, se regodea  bajo el solajero mi bañador premamá nuevo. Ése que me convierte en una enorme boya de color turquesa, flotando torpemente en las aguas revueltas de la piscina de Las Rehoyas. Los pechos, cada vez más díscolos (y grandes), pugnan por salirse del escote demasiado abierto. El simpático monitor nos fustiga, exigiendo largos de crol y espalda dignos de un Phelps para arriba.

Hoy quisiera visitar el CAAM, anegado por la marea migratoria de elojodearena, pero dudo que sea persona después de una sesión de matronatación de esta tarde. También quiero terminarme el sórdido, duro, repugnante a veces a la par que adictivo y desasosegante Déjame entrar. Aunque me esté poniendo mala cuando lo cato y me enturbie los sueños.

Después te prometo, Miguel, que sólo veremos comedias y leeremos cosas alegres y ligeras. No más contagios.

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Que al final es más una invitación que otra cosa, al estilo Ricardo Melchior con Obama (por cierto, Barack, un besito de Kurt Elling, que ayer casi te dedica su concierto en el Auditorio):

Viggo querido, te propongo que te vengas a ver un partido de la Unión Deportiva, que dicen que  provocó -siglos ha- que el San Lorenzo se encerrara en los vestuarios del Estadio Insular hasta que les prometieron que no les metían más goles.

Déjame que te invite a un derby en Siete Palmas, heladitos los tres (se viene Marc, mi Hombre, futbolista también y amigo del Valencia, el Vecindario y el Barça) bajo una enorme nórdica y cuatro bufandas. Llevaré, a modo de señal, el tapergüer con papas arrugadas nadando en el mojo de mi madre. También el libro de Emilio González Déniz donde explica todo lo que esos cobardes del San Lorenzo no te han contado. 

Si quieres, te compras tiras de calamar quemado, que apestan y tienen textura de chicle. Y prometo solemnemente mantener a lobas como la Lupe a una distancia prudencial, siempre que mi integridad física no corra peligro.

Te confieso también que hace un tiempito te habría servido de nórdica, calamar seco y bufanda, pero que he sentado la cabeza en el hombro de Marc. Lo lamento, sí, pero estoy felizmente casada, harta de esperar que llegaras a lomos de un caballo y con la espada haciendo un tirabuzón sobre tu fleco mal cortado”.

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Marcelo Ndong nos obsequió esta mañana con cuentos fang, como el de la amistad imposible entre el bebé león y la bebé cabra, enamorados, hermosos y condenados a la violencia de género y a la violencia de especie.

Era en el patio de Casa África, bajo un cielo a ratos amenazador y con el murmullo de las palmas y el agua de la fuente como acompañamiento.

Esta tarde, llegan tradición oral africana a través de las palabras de dos sabios, Lilyan Kesteloot y Lluís Mallart , y más cuentos de Marcelo Ndong.

Empieza una semana de infarto en el trabajo, mientras una ambulancia traslada a mi madre desde el Doctor Negrín a casa, con una línea en carne semiviva roturándole la rodilla.

Esta semana se celebra un homenaje a Lola, con la inauguración de su biblioteca en mi barrio. El Hombre se me da a los medios de comunicación, luciendo su media sonrisa de Burt Lancaster chamuscadito en un cuadrito de la página 27 de La Gaceta de Canarias. Ébano me espía, de reojo, en el sofá del salón, a falta de medio centenar de páginas para finiquitarlo por segunda vez. En mis ratos libres, charlo con Don Rafael, proyeccionista de lujo en Don Pío Coronado, y confabulo con Eduvigis y Dobrina para una velada especial en el CAAM. Me apunto en la jornada fotográfica del 10 de mayo, por Mesa y López, con Nenito y espero que Yeya. Comprendo que Diego fue, en otra vida, un curioso y desinquieto gremlim. Apilo en un rincón de mi mesa cosas que enviar por correo -libros para José Curtó y José Carlos Cataño- y documentos de vital importancia, como la solicitud de acceso a la Escuela Oficial de Idiomas. Garrapateo microrrelatos en mi moleskine, picada con Ruymán o con Alexis o con Trini.

Y todavía quedan necesidades como comer y dormir y pasar tiempo entre los brazos del Hombre. Y más libros, alguna película, música. La compra. Los amigos, la familia, los padres. Pensar. Descansar. Imaginar. Adivinar las formas y el destino de las nubes.

¿Cuántas vidas caben en un sólo día?

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El Hombre se levantó sandunguero esta mañana, cantando por el balcón su “ista, ista, ista, España es socialista” sin complejos. A ratos, empataba su consigna favorita del momento con “la niña de Rajoy es socialista”, porque parece que le ha cogido cariño a la chiquilla y no la suelta, llueva, truene o haga sol.

Ayer estaba feliz, porque el Chiki Chiki vuela hasta Belgrado a terminar de hundir nuestra reputación en Eurovisión y porque Zapatero se repite en el gobierno. Por ambas cosas y por quitarle la magua con motivo de una nueva derrota del Barça, ese equipo que lo va a sacar de este mundo a disgustos y arritmias, me lo comí a besos en nuestro sofá electoral.

Tras proclamar que La Sexta es la mejor cadena para un partidazo o unas elecciones o una noche de fractura de caja torácica a carcajadas (si exceptuamos Telecinco con Aída los domingos) , me como a ciberbesos al resto del universo y aprovecho para devorar, también a besos, todos los calçots de la Vía Láctea.

El sábado estuvimos de calçotada en Valleseco (gracias, Super Anna y Super Laura) y después, con Diego, bailando el Chiki Chiki. El viernes, con Alicia y Cris, de puesta al día en el Monopol, y despidiendo a Laura y Haridian rumbo a otros trabajos y otras existencias. El domingo, votando y jaleando al Granca en su última victoria.

Un programa completito, que acabó con los dos rotos en el sofá, observando con incredulidad la peor película que he sufrido en muchos años (Tiburones, Antena 3) y sin posibilidad de cambiar si quiera de canal de purito agotamiento.

Esta tarde pretendo llegarme hasta la presentación de Espido Freire en la biblioteca insular y retrasar, una noche más, la puesta al día del correo electrónico. Así que me disculpo con el microrrelato de Antonio, las urgencias de Mercedes, el acento dulce de Silvia y las palabras en sueco de Elisabeth. La semana que viene tengo vacaciones y prometo (intentar) ponerme al día.

 Feliz tarde-noche a todos.

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Enganchada al velo

Estrenamos exposición en un ratito, con Angèle Etoundi Essamba. Se llama Desvelos y muestra a mujeres envueltas en velos, trapos, casi-burkas, paños, tules, vendas y encajes.

Las mujeres de Angèle son seductoras y hermosas: tienen las manos enfiligranadas con henna, los ojos cargaditos de khol y otros pequeños, sutiles gestos de coquetería, desde los piececitos morenos pedicurados que dejan su huella en la arena blanca de Zanzíbar al piercing en la barbilla.

Al principio me impactaban más sus imágenes en blanco y negro, llenas de fuerza, de máscaras y de texturas extremas.

Ahora, creo que me han vencido la sensualidad y la alegría de sus colores y la belleza del rabioso mar aturquesado que baña las costas suahilis. Hasta me parece intuir un rastro de fecalismo en sus fragmentos de playas de Zanzíbar: ese olor a estiércol al que te acabas acostumbrando y que te acompaña en Mozambique, por ejemplo, cuando atraviesas un paisaje paradisíaco bajo los cocoteros despelusados y los diminutos cangrejos ermitaño se lanzan a por tus pinreles desnudos en la arena húmeda.

Angèle me recuerda a los manglares, las casonas portuguesas coloniales en descomposición y las vivaces capulanas del mercado. A los pescadores cargaditos langostas y enormes peces luna. Al roce de la arena y los sargazos en el agua tibia del Índico.

Además, el denostado velo se convierte en algo digno, hermoso y sensual a través de su objetivo.

Escribo mientras escucho el tintineo de los vasos y la cubertería en el catering del patio. Fuera, la noche se cierra. Y en las salas de Casa África, luminosas como una mañana tanzana, una seducción como de hamman soñoliento y perfumando espera a ser descubierta.

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Mi momento favorito del día es aquel en el que apagamos las lamparitas de mesa y me acurruco en la oscuridad de mi dormitorio contra el Hombre, a escuchar su voz profunda y remota contándome historias de su tierra.

Por el patio interior de mi edificio se cuelan los gritos guturales de los cálaos y voces hablando en idiomas extranjeros, el murmullo del aire en los cafetales y el olor a cacao, el siseo de las superlativas serpientes, el aroma del coco, el golpeteo de los morteros, las palabras sabias del abuelo que pasó la II Guerra Mundial luchando contra Alemania, el fuego de la pimienta chiquita y picantona, la fritura de banana, el laterío donde se vira el vino de palma casero, …

Fascinada, escucho de sus labios cómo los partos se eternizan si las mujeres ocultan cosas a sus maridos y cómo un brujo de su aldea intentó volar hasta Abiyán para matarle el abuelo en la cama del hospital. Después me explica  que su hermano pequeño se fue al pueblo de noche, atravesando la selva oscura y profunda para buscar a su madre, y me imagino a un Héctor chiquitito como si fuera un cruce de Marco y de insolente y minúsculo Kirikou de cabeza lanuda.

Por la noche me siento como Robert Redford en Memorias de África, escuchando las historias de una Meryl Streep ligeramente musculosa y mucho más oscura. Cierro los ojos con la cabeza anclada en el hombro del Hombre y, antes de dormirme, deseo poder volar, transformada en un murciélago, hasta un país lejano de baobabs bulbosos, flamboyanes encendidos y carreteras rojizas, donde todavía haya misterios y cierta pureza, donde la música se te meta dentro y los morteros te despierten por la mañana.

Buenas noches.

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Febrerillo el loco

Las campanas de la iglesia de los Dolores doblan solemnemente y por la ventana se cuelan los sonidos de la calle: niños jugando, un perro impertinente, algún coche, la pelea de unos novios, … En el salón, el Hombre discute con la tele, caliente probablemente porque el Barça se acerca a otra derrota tonta o un empate absurdo. De vez en cuando suelta alaridos de perro que ha perdido a su amo. O maldice cuando se pierde la señal.

Sé que a estas horas Yeya se repone en casa, agotada tras un picnic en Ingenio con Neketan y Anna, lejos de las partidas de scrabble y enganchada a la medicación anti-resaca. Al trabaja en el Rincón del Jazz con Chris Potter y Pachi, en el aeropuerto. Mi hermano y Noe ya habrán acostado a Diego. Alfredo se busca la vida en Madrid, Mercedes promete visita, Elisabeth se embosta a helado en la tórrida Buenos Aires, Maby y Carlos estarán de gira por algún rincón de la península … Probablemente, Edu y Noe ven una película en el cine, Dubidugis lee, Nenito teclea en su ordenador, Judith y Lobillo escriben, Esther pasea a los perros con Fran.

Yo suspiro, satisfecha, porque hice la compra con el Hombre en Mercadona esta mañana, me tomé un capuchino en La Tartería de Agüimes este mediodía y comí en ese Ojos de Garza asediado por turbinas de avión. Y porque después llegué  a casa para dormir la siesta abrazada al Hombre y planeo hacer torrijas y leer un ratito mientras él se me pone al borde del infarto frente a La Sexta.

Hoy tuvimos calima y una ventanía que sembró las carreteras con ramas desgajadas de eucalipto, palmas y otros residuos vegetales. El mar se veía rayadito de espuma y reluciente. El sol picaba. El cielo lucía enarenado, las nubes conspiraban. La jornada me recordó, en pleno febrero, a los indolentes días de agosto, con el neopreno calzado y haciendo equilibrios sobre una tabla de windsurf. A los laxos meses de verano, aplatanaditos, desdibujados, insinuantes y llenos de encuentros amables y momentos dulces, de caricias de sol en la espalda.

Ahora me apetece cocinar un poquito, escribir un par de microrrelatos a mayor gloria de Jane Millares, leer otro cachito del libro de Santiago Gil, calmar al Hombre y quizás ver una película con él si no me destroza el plasma ni sufre un ataque cardiaco en la próxima hora.

Espero que el día de todo el que pase por esta esquina de ciberespacio sea, como mínimo, la mitad de bonito y lleno de promesas que el mío.

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