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Archive for the ‘Arte’ Category

El viento ha marcado mi paisaje vital desde la infancia, cuando me empujaba firmemente, amarrado a las costillas, todo el trayecto desde mi casa hasta el colegio.

Entonces se colaba –como un pariente lejano del protagonista de los versos de García Lorca- bajo mi uniforme, haciendo una ola con las tablas de mi falda. Quizás yo era pequeña, apenas me separaban unos palmos del suelo, y combinaba esa falda convertida en tutú aéreo con los calcetines largos, la rebeca con mangas que ejercían de pañuelo improvisado e incluso el pasamontañas.

Quizás era igual de pequeña pero soplaba el siroco y mi voz infantil, en alto, contabilizaba las langostas que llegaban de África, pataleando boca arriba en los adoquines de la acera. Quizás mi miniatura se rebelaba contra su empujón constante haciendo fuerzas con la espalda, revolviéndose, perpetrando un zigzag repentino con la intención de sorprenderlo. Quizás el viento, vengativo, arrastraba los números cantados, los convertía en un fulard sonoro, los desperdigaba por la calle, los barría sobre el piso y los forzaba a patalear, huérfanos, boca arriba sobre los adoquines.

Pasaron los años y el viento seguía allí.

Barriendo los lomos de las olas en Las Canteras. Precisamente, en el momento en que entrabas en el mar, de puntillas, en equilibrio precario e intentando sacar del agua toda la epidermis posible. Entonces te rociaba una lluvia de diminutos lapos salados, helados, que te paralizaban, convertida en un pez luna humano.

O tenía un día amable y condescendía a acariciarme la espalda mojada, transformándome en cardón de carne, piel y vello sobre la toalla mojada. O su humor era inmejorable y decidía aliviar la calma quemona de la siesta en la arena, meciendo caprichosamente el vello de los brazos, fino y rubio, como un mar de algas inesperadas, breves, brotando de la piel emparrillada.

Pasaron más años y el viento no podía disociarse del paisaje de la isla.

Convertía las playas del Sur en un infierno, habitado por enjambres de diminutos granos de arena picones, que se las arreglaban para penetrarme por los ojos, la nariz, la boca, los oídos, los rincones más ocultos del cuerpo. El viento forzaba a coger el coche y trepar por una carretera mordida al perfil de la isla, a subir por su cara oeste, la más abrupta, pero también la más protegida de sus embates africanos. Te obligaba a enquistarte en Puerto Rico o Mogán o Amadores, zonas de costa más calmas, menos ventolerientas. A pegarte a la arena y entrecerrar los ojos.

Pasaron más años, cruzamos el umbral de un nuevo milenio y el viento lo cruzó, silbando, conmigo.

Travieso, abanaba la ropa tendida en la azotea y colaba pinceladas de calima en las casas. Hasta se hizo huracán. Levantó tejas, derribó ramas de eucalipto y palmeras, viró los cascos de los barcos, mutándolos en cubiertas. En un gesto de desafío sin precedentes, se llevó el Dedo de Dios, truncado de un empellón maligno, a las profundidades del Océano. Inutilizó postales y convirtió arte en arqueología.

Siempre estuvo y estará el viento.

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Jane Millares Sall es -a día de hoy- una octogenaria de aspecto frágil y sonrisa dulce, con los ojos del color del cielo de mayo sobre los barrancos de Tejeda y la piel pálida, casi transparente. De su juventud le queda una melena que antes era ondulada, larga y rubia, y que ahora es breve y cana, aunque conserva las ondas coquetas y la fuerza.

Vive en Schamann, por encima de la iglesia de los Dolores, desde hace años.

Allí se casó y compartió vida con su gran amor, el periodista Luis Jorge Ramírez. Allí crió a sus cuatro hijos, todos varones y todos relacionados con la palabra, con el arte y con la memoria de las islas. Allí también cuidó hasta el último día a su padre, el intelectual, escritor y sabio Juan Millares Carló. Allí, finalmente, guarda un pedazo de historia y cultura de las islas y acuna la nostalgia por sus seres queridos muertos: por el padre cuyo cráneo moldeó de memoria recién fallecido, por el hermano que no llegó a superar los desastres de la posguerra, por el niño que perdió y que la empujó a llenar sus lienzos con maternidades, con familias, con mujeres que protegen a la infancia.

Jane Millares Sall muestra en muchas de sus creaciones la influencia del paisaje requemado, plano, brutal, de Lanzarote. La isla fue un refugio para su familia, amenazada por el régimen de Franco, en los cuarenta. Su padre, denunciado mezquina y obsesivamente por un cura que se hacía pasar por amigo de la familia, tuvo que dejar su pasión, la enseñanza, y languidecer lejos de las aulas. Dos de sus hermanos, José María y Agustín, pioneros de la poesía social española, estaban amenazados de muerte por su activismo político. Huyeron a la isla de la Montaña de Fuego y la Geria, a un paisaje petrificado en negro y cobre, para evitar desgracias mayores. Entraron en Lanzarote y Lanzarote entró en ellos, como el viento cargado de jable de Famara.

“El viento”, de Jane Millares, parece inspirado en la planicie desgastada por los elementos que es Lanzarote. La pintora muestra a las mujeres del malpaís, de faldas inmensas como velas latinas infladas por el viento, surcando muchos de sus cuadros. Igual que muestra las medias lunas de piedra volcánica de la Geria, las palmeras solitarias, los sombreritos de paja conejeros y las pañoletas cubriendo las cabezas, protegiendo el pelo y la piel del sol y, de nuevo, del viento.

Ese viento, alisio o siroco que también se asoma a sus pinceles, inquieto, amenazador, golfo, desnutrido o turbulento, y que parece arrastrar los colores y modificar las formas, adueñarse del espacio, blanquear los paisajes y minimizarlos y hasta simplificar la vida, mientras sopla ante nuestros ojos.

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Enganchada al velo

Estrenamos exposición en un ratito, con Angèle Etoundi Essamba. Se llama Desvelos y muestra a mujeres envueltas en velos, trapos, casi-burkas, paños, tules, vendas y encajes.

Las mujeres de Angèle son seductoras y hermosas: tienen las manos enfiligranadas con henna, los ojos cargaditos de khol y otros pequeños, sutiles gestos de coquetería, desde los piececitos morenos pedicurados que dejan su huella en la arena blanca de Zanzíbar al piercing en la barbilla.

Al principio me impactaban más sus imágenes en blanco y negro, llenas de fuerza, de máscaras y de texturas extremas.

Ahora, creo que me han vencido la sensualidad y la alegría de sus colores y la belleza del rabioso mar aturquesado que baña las costas suahilis. Hasta me parece intuir un rastro de fecalismo en sus fragmentos de playas de Zanzíbar: ese olor a estiércol al que te acabas acostumbrando y que te acompaña en Mozambique, por ejemplo, cuando atraviesas un paisaje paradisíaco bajo los cocoteros despelusados y los diminutos cangrejos ermitaño se lanzan a por tus pinreles desnudos en la arena húmeda.

Angèle me recuerda a los manglares, las casonas portuguesas coloniales en descomposición y las vivaces capulanas del mercado. A los pescadores cargaditos langostas y enormes peces luna. Al roce de la arena y los sargazos en el agua tibia del Índico.

Además, el denostado velo se convierte en algo digno, hermoso y sensual a través de su objetivo.

Escribo mientras escucho el tintineo de los vasos y la cubertería en el catering del patio. Fuera, la noche se cierra. Y en las salas de Casa África, luminosas como una mañana tanzana, una seducción como de hamman soñoliento y perfumando espera a ser descubierta.

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Escribo un par de textitos en honor a Anna, recluida en casa con un esguince durante las próximas dos semanas, y de Nenito,  de Yeyita fañosa y estornudante, de Javier Moreno y Luisa del Rosario, de Dieguito lengüín y desinquieto, y del Hombre, amante de practicar el guitar hero con Carlos Baute en el sofá en las mañanas de domingo (por las tardes, prefiere ponerse mi camiseta del Granca para ver MYR y jincarse  dos tabletas de chocolate fondant derretidas del zapatazo).

Agradezco la inspiración al Festival de Música de Canarias.

1. Anton Ego

El crítico se agazapaba en la platea, furtivo, con el cuello de la chaqueta subido y las gafas oscuras caladas. Tomaba notas mentales, asintiendo para sí. Dejaba que su mirada comadrejeara en la sección de vientos. Y soñaba secretamente con ocupar el frac del trompetista rubio, tercero a la izquierda del trombón.

2. Peligro inminente

Aquella noche de enero, los arcos de cello creaban olas relucientes en el escenario. El director de orquesta hacía ondear el faldón de su frac. Y una rotunda soprano se desgañitaba al borde del patio de butacas, con la garganta a dos notas de ser atravesada por el violín solista.

3. Ajusticiamiento

En el palco, todos estaban petrificados: el tenor holandés yacía muerto sobre el piano. Un crítico furioso con su falsetto le acababa de atravesar el corazón con la batuta del maestro. El público dudó apenas un momento antes de estallar en una ovación cerrada.

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De cumbierita intelectual

Tras un agradable desayuno con tibias torrijas rebozaditas en miel y mandarinas deliciosas, mando al Hombre a comprar un par de cositas al Mercadona y me acomodo ante mi portátil, dispuesta a ejercer de crítica en mi primera y fugaz experiencia con el Festival de Música de este año.

Evidentemente, no aspiro a hacerlo como Javier Moreno, ese George Clooney del destripe al tenor y la batuta, más George Clooney que nunca con el cuello del gabán revirado y sus gafas intelectuales. Ni como Luisa del Rosario, Julia Roberts por una noche sobre sus tacones de vértigo y calzando medias de rejilla a la puerta del Auditorio Alfredo Kraus, tan sofisticada como dulce. Más bien en mi propio estilo rupestre, tirando a ignorantón.

El programa de ayer noche (gracias, Pelusa, por las entradas) fue cosa de la Nederlands Philharmonisch Orkest, con Yakov Kreizberg al frente y Cañizares acariciando la guitarra flamenca. Incluía a Beethoven, Mauricio Sotelo y Franz Schmidt, aunque Noe y yo salimos escopetiadas nada más acabar el bis de Cañizares, aplaudido y deseado tras el extraño pastiche de Sotelo.

Primero que nada, opinar que el Festival de Música de Canarias me parece cosa más de apariencias que de otra idem. Imagino que las momias más lustrosas y estiradas de la ciudad salen del armario, desempolvan sus pieles y sus diademas de brillantes, se cardan el pelo y se echan laca en él hasta que adquiere consistencia de cartón piedra, se calzan tacones afilados como puñales y se pasean por el hall del auditorio como fragmentos de otra época, charlando entre sí y exhibiéndose dignamente.

Después, agradecer a mi moleskine el ayudarme a aguantar el concierto despierta, tomando notas y bosquejando algún microrrelato entre los aplausos tibios y desganados de la escasa (y menguante) concurrencia. Al lado, Noe se refugiaba en su abrigo, indignada con las dos momias de la fila de delante, que no paraban de moverse “como chiquillas chicas”.  O daba cabezadas a ratos. O se asomaba sobre la tapa de mi libreta, curiosa.

En el escenario, una marejada de arcos de violín para un Beethoven bucólico y ligero. Una orquesta que sonó precisa, limpia y correcta en mis profanos oídos, aunque no despertó pasiones entre el público. Un director que bailoteaba casi en estilo break dance al borde de moonwalk. Y una melena roja como una llamarada ausente en los palcos de prensa.

Lo de Sotelo fue un poquito esotérico al principio, como de banda sonora de película de terror con carne de cañón de psicópata corriendo por un bosque, al modo bruja de Blair. Una pieza demasiado abstracta para mí, con escenas de Cortina rasgada, percusionistas sicóticos saltando entre los instrumentos, expresiones desconcertadas entre los músicos, solos de guitarra flamenca geniales y solos de orquesta plúmbeos.

La primera fila de butacas, fronteriza con una marea de calas y a la vera casi del director, que se daba un aire a Sarkozy desde el primer anfiteatro, se esfumó antes del bis de Cañizares.

Nosotras escapamos con la última nota sentida de su guitarra, abandonando a Clooney y Roberts detrás. Sin volver la vista. Sobre todo, cuando Clooney nos informó de que la última parte del programa la compuso un nazi e intuimos que desearíamos invadir Polonia tras sufrir los primeros tres compases. Clooney recomienda a Muti, así que seguiremos informando. 

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