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Archive for the ‘Familia’ Category

Cuneta

Mi abuelo materno, Ezequiel, reposa en paz en un lugar bien localizado del cementario de San Lázaro, con vistas a un nudo de carreteras y centros comerciales de mi ciudad. Tras una lápida con su nombre, un manojo de flores de plástico y una cruz que se bruñe cada primero de noviembre. Descansa al lado de mi abuela. Mi madre sabe a dónde ir cuando quiere contarle algo o sentirle cerca mientras posa los dedos sobre la piedra o simplemente renovarle las flores y limpiar el polvo de las dos tumbas.

Mi abuelo Antonio murió en 1938 en Málaga. Tenía 18 años. Mi padre no sabe por qué lo fusilaron ni dónde está enterrado. A él le borraron el padre de cuatro tiros mal dados. A mí, el abuelo.

Sé pocas cosas de mi abuelo paterno. Sé que se le supone republicano o comunista. O no, porque para una denuncia y un fusilamiento, en 1938, no hacían falta tampoco muchas razones. Sé que se casó con mi abuela Socorro y que la dejó embarazada en la prisión de Málaga. Sé que tocaba en una banda de verdiales.

Mi padre nos ponía una cinta de verdiales en el coche cuando éramos pequeños. No sé si son recuerdos certeros o si ya se confunden en mi mente la carátula de esa cinta y las fotos de danzarines del Hierro, por ejemplo. Sin embargo, creo recordar que la música sonaba a matraquilleo constante, con fondo de panderetas y voces que a mí me resultaban desafinadas. También creo recordar a músicos vestidos de blanco, a los que añado en mi memoria cintas de colores, quizás flores.

Como mi abuelo Ezequiel, mi abuelo Antonio está enterrado en algún sitio. Al contrario que mi madre, mi padre no puede visitarle para ponerle flores, cantarle algo bajito, sentirse cerca de sus huesos.

Mi madre vio casi morir a mi abuelo materno. De mayor y de una enfermedad degenerativa, en una cama hospitalaria. Tiene recuerdos malos y buenos de él. Le cuidó en sus últimos días. Para mi padre, mi abuelo paterno es una sombra que se le escapa entre los dedos, un no-recuerdo, setenta y pico años de ausencia.  Quizás una cinta de verdiales a la que se agarra, ya caduca y trabada permanentemente en el reproductor de su memoria. Quizás un rastro de detritus que se confunden con la tierra vieja de cualquier cuneta en Málaga.

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La maternidad te va desgastando los bordes de los recuerdos. La memoria se hace endeble, fina como un delicado papel de arroz a través del que todo trasluce y en el que se fijan, como golpes de tinta china, cuatro informaciones básicas, fundamentalmente de logística, sobre cantidades de medicamentos, horarios de guardería y poco más.

El amor también te vuelve olvidadiza. Unos labios borran a otros labios y se superponen a ellos.

Ya no recuerdo, entre maternidad y amor “conyugal”, cuántos hombres me abrazaron, cuántas veces susurré “te quiero” en un oído que no es el tuyo, cuántos amores creí sentir -irrenunciables y más grandes que yo misma- y se esfumaron sin dejar huella.

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Leo lo último de Stieg Larsson y me acaricio la dulcemente abombada tripa, donde crece una promesa. Mientras, Marc pasa por todos los controles policiales de la isla, con su L en el cristal posterior y Alpha Blondy en el estereo MediaMarkt.

Espero que estas breves líneas sean el comienzo de un regreso. Besito a todo el ciberespacio.

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Leo el periódico y me enroco un poquito más en mis personales obsesiones: apostatar en cuanto pueda y cocinar al fuego lento de mis neuronas en ebullición lo de la maternidad y hasta el matrimonio civil, laico y en diez minutos, sin pariente desconocido a la vera ni jolgorio postmatrimonial bajo el peso de una faja reductora y quince kilos de encajes y puntillas.

Es lo que provoca el leer a Elvira Lindo y comulgar, punto por punto, con ella. Y tener acceso a las paranoias de la Conferencia Episcopal, con el temible Rouco Varela a la mitrada cabeza. O identificarme con Maruja Torres, Rosa Montero y hasta Carme Chacón y, por extensión, meterme en los zapatos de la Venus de Willendorf, del ídolo de Tara, de todas las maternidades de todas las culturas del Universo y también -últimos en el listado, pero primeros a las puertas del cielo- de los que, cargados con poco más que algo de ropa de abrigo y un millón de esperanzas, se me meten en una patera o un avión o un camión o una ruta de kilómetros a pie por medio mundo para parir una nueva existencia en tierra extraña.

Y es lo que tienen el reloj biológico y 37 febreros en el planeta: que le ponen a una en alerta al escuchar los maullidos de un niño que pide teta, en el patio de Casa África por ejemplo, y la reblandecen como la leche a la oreo al ver a su madre sentarse a darle de mamar en las escaleras forradas de azul. Un gesto simple, enternecedor, cotidiano y hermoso, que me recuerda con una punzada de ternura al Hombre, subido a su andamio mientras pinta un barco en esta resplandeciente jornada.

Estrena trabajo hoy, en el Puerto y algo aliquebrado el ánimo tras la vergüenza del Barça ayer en el Bernabeu. “Tenías que haber estado en el encuentro con Carmen Machi en el Cuyás y dejarte de fútbol”; le espeté ayer, cuando llegué a casa, entre cariñosa y preocupada.

Creo que está de sufrimiento futbolero hasta las cejas, entre el cuarto puesto deshonroso de los Elefantes en la Copa de África, el probable descenso del Valencia y los despropósitos del Barcelona. A todo ese sado catódico se unen la búsqueda de un trabajo estable con contrato, los créditos, su familia en la distancia y la desesperación de siete años sin pisar las calles polvorientas de Divo, entre otras cosas.

Anoche le dije que Diego, sin duda el niño más inteligente y lindo del planeta, me preguntó por él mientras miraba, interrogante, hacia la escalera. Y se le iluminó su cara del color del chocolate con chili, en la oscuridad del salón donde el Barça enterraba una liga para olvidar.

Lo que no le dije es que deseé, por un momento, tener a nuestro propio Diego al lado, para que se le abrazara al muslo de cemento con un “papi” todo amor desinteresado y babas y le hiciera olvidar todas las ofensas de la vida en un segundo.

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Juguete de la fortuna

El simpático señor del tercero b, que acaba de sufrir un ictus y arrastra un hemisferio con la otra mitad de su cuerpo, me informó esta mañana en plena calle de que nos toca presidir la comunidad de vecinos. También me advirtió de que es un poco gafe: ha sufrido en sus carnes tres pintadas de escaleras y patio interior con derrama incluida como presidente y, además, la contaminación del aljibe con aguas fecales.

Para ir entrando en materia me avisa de que tenemos que hacer otra derrama de 300 euros por cabeza y buscar presupuesto para el revoque de espacios comunes. Así que intuyo que durante el próximo año hay muchas posibilidades de cenar en el infierno -sin espartano cachas al lado- muchas noches.

Hoy también se me olvidaron las llaves en casa y el Hombre anda entre su nuevo trabajo y la autoescuela, así que me dejó tirada en la calle como un perrito abandonado. Y, por si fuera poco, no me mediqué al salir, me duele la garganta y me espera el Club de lectura de Anna Buil, al que llegaré en un rato sin mi copia subrayadísima de Ébano.

Hermano dice que tome hierro. Yo maldigo mi suerte.

pd. Duasnó tendrá que esperar hasta el fin de semana, Pocoyo. Besito.

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Marcelo Ndong nos obsequió esta mañana con cuentos fang, como el de la amistad imposible entre el bebé león y la bebé cabra, enamorados, hermosos y condenados a la violencia de género y a la violencia de especie.

Era en el patio de Casa África, bajo un cielo a ratos amenazador y con el murmullo de las palmas y el agua de la fuente como acompañamiento.

Esta tarde, llegan tradición oral africana a través de las palabras de dos sabios, Lilyan Kesteloot y Lluís Mallart , y más cuentos de Marcelo Ndong.

Empieza una semana de infarto en el trabajo, mientras una ambulancia traslada a mi madre desde el Doctor Negrín a casa, con una línea en carne semiviva roturándole la rodilla.

Esta semana se celebra un homenaje a Lola, con la inauguración de su biblioteca en mi barrio. El Hombre se me da a los medios de comunicación, luciendo su media sonrisa de Burt Lancaster chamuscadito en un cuadrito de la página 27 de La Gaceta de Canarias. Ébano me espía, de reojo, en el sofá del salón, a falta de medio centenar de páginas para finiquitarlo por segunda vez. En mis ratos libres, charlo con Don Rafael, proyeccionista de lujo en Don Pío Coronado, y confabulo con Eduvigis y Dobrina para una velada especial en el CAAM. Me apunto en la jornada fotográfica del 10 de mayo, por Mesa y López, con Nenito y espero que Yeya. Comprendo que Diego fue, en otra vida, un curioso y desinquieto gremlim. Apilo en un rincón de mi mesa cosas que enviar por correo -libros para José Curtó y José Carlos Cataño- y documentos de vital importancia, como la solicitud de acceso a la Escuela Oficial de Idiomas. Garrapateo microrrelatos en mi moleskine, picada con Ruymán o con Alexis o con Trini.

Y todavía quedan necesidades como comer y dormir y pasar tiempo entre los brazos del Hombre. Y más libros, alguna película, música. La compra. Los amigos, la familia, los padres. Pensar. Descansar. Imaginar. Adivinar las formas y el destino de las nubes.

¿Cuántas vidas caben en un sólo día?

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Ayer dejé plantada a Espido Freire por un delicioso brownie en La Chocolatería de la Abuela.

Ayudó la compañía. Puestos a elegir entre ella, con sus ojos de lemur tímido y su cuello a lo Modigliani, y un ratito a la vera de tres mujeres como tres pinos, Yeya, Blanca y Día, y dos hombres como castillos, Edu y Nenito, quién puede tener dudas.

Entre churros, crusaitos y enormes tazones de chocolate caliente, aromático y espeso, se nos fue un cachito de tarde, un huequito feliz en plena vorágine de trabajo. En casa, me esperaban un ratito de cocina y un poco de Mel Gibson junto al Hombre, en nuestro sofá. Un programa tranquilito, que vienen curvas la próxima semana.

Preparándonos estamos para la gran travesía a Tenerife, isla que visitaremos en Semana Santa, si la cosa no se tuerce ni perdemos el ferry de Armas.

Hemos encontrado una casa pequeñita, pintada de amarillo-calabaza, en La Guancha y una cuna de madera para Diego. Ya sacamos las entradas para el Loro Parque, donde esperamos que los delfines le pongan los ojazos azules como platos de cerámica portuguesa y que nos deje sordos a gritos excitados entre tanto bicho. Y nos mentalizamos (y dormimos) estos días para que nos despierte de buen humor su canción de Angies y Eduardos por la mañana, sobre las seis, despuntando entre las alarmas de todos los gallos de la isla picuda y los primeros rayos de sol sobre el majestuoso Teide.

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