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Archive for the ‘Hombre’ Category

Senegal, mon amour

Pasaron los años y  le ofrecieron dejar la liga marfileña para jugar en la liga profesional senegalesa.

La patria de Cheikh Anta Diop y Léopold Sédar Senghor le recibió con suciedad, con alboroto y con una energía electrizante, como la que anuncia las tormentas, flotando en el aire caliente. La aparente cachaza de los vecinos de Dakar no le engañó ni por un brevísimo instante. Las pasiones palpitaban bajo la piel de la normalidad y más que en ninguna otra parte, en la escalera de su edificio, en el popular barrio de Medina.

Habitó un pequeño cuarto, vecino de un imán con el corazón de oro, el anciano Souleymane Fall, durante apenas dos semanas. Lo necesario para conocer a la bella Fatou, acusada de promiscua y con la que nadie en el edificio se hablaba excepto el viejo Fall. El sabio afirmaba que la piedad se demostraba al no negar la palabra al prójimo y que si no se hablaba con alguien por estar errado, esa persona jamás saldría de su equivocación.

- La vida está llena de sorpresas –solía confiarle, entre rezo y rezo- Jamás sigue el discurrir que tú quisieras, pero te lleva entre maravillas y decepciones a comprender que no se ha hecho tu voluntad, pero que todo está bien. Los caminos del destino son a veces incomprensibles.

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Empezamos a salir en mayo, aunque no recuerdo la fecha exacta.

Como Laurent no tiene costumbre de celebrar aniversarios ni cabeza para recordarlos, suele bromear diciendo que nuestra primera cita coincidió con el anuncio del Banco de Desarrollo Africano de que regresaba a Abiyán, tras años exiliado en Túnez por culpa de la guerra civil.

Poco importa que el Banco se retractara de sus palabras a los pocos días debido a los problemas de seguridad de Abiyán y que prefiriera quedarse en el Túnez tocado por la Primavera Árabe antes que regresar a las calles fragmentadas por los puestos de control de los dozos, deseosos de hacer caja a través de la extorsión, los robos a mano armada y los secuestros.

Los comunicados anunciando el retorno a Costa de Marfil y los desmentidos se sucedieron durante meses y acabaron convirtiéndose en una especie de macabra broma entre los abiyaneses.

A veces Laurent se siente más creativo o provocador o misterioso y afirma que empezamos a salir cuando comenzó a funcionar la Comisión de la Verdad y la Reconciliación o cuando mandaron a Gbagbo al Tribunal Penal Internacional o cuando Ouattara leyó su primer discurso ante la ONU.

En cualquier caso, aprendí a convivir con esa indefinición y jamás me preocupé por fijar una fecha para nuestro aniversario. Planeábamos nuestros cumpleaños como si fueran funerales e intentábamos pensar que todas las fechas eran dignas de celebración sin estábamos juntos.

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Laurent habla

Hasta aquella noche concreta del 11 de abril de 2011, yo no sabía nada del país de Laurent salvo el nombre. Él me pintó con palabras el bombardeo de su barrio en Abiyán, Yopougon, y el incendio de las plantaciones y los bosques que rodeaban su ciudad natal, Guibeorua. Me habló de masacres, de saqueos, de lo que la Licorne y la ONUCI hacían en su país sin rendir cuentas a nadie, del dictador Gbagbo y de su flamante repuesto, Ouattara.

También me habló de su infancia en el pueblo de sus padres, durmiendo en una choza rodeada de un patio arenoso y sombreada por un enorme mango, de una esterilla que compartía con su abuelo. De las hormigas de cabezas enormes, agrias, adornadas con mandíbulas colosales y rápidas para subir por las piernas de un niño distraído. De las veloces serpientes que perseguían en lo más hondo del bosque. De los cantos de los cálaos y las risotadas de los loros grises. De las horas que pasaba viendo evolucionar a los monos en las copas de los árboles más altos. De las gruesas orugas asadas y de las ratas de campo que cazaban para guisarlas con sauce graine.

Me explicó cómo limpiaba de maleza el arroz siendo niño, cómo cortaba a machetazo limpio las manos de bananas o recogía los granos de café cuando creció un poco más. También cómo jugaba al fútbol en un pequeño claro del bosque, acosado por los chicos del pueblo porque él llegaba de Abiyán con su equipaje nuevito, reluciente.

Me relató cómo su abuelo se levantaba de madrugada a rezar para conjurar a los demonios y cómo le contaba historias para dormirse por la noche. Las rebeldías de su hermano Ignace y las reprimendas de su hermana mayor, Amélie.

Reconozco que me tenía hechizada.

Su forma de hablar era tan apasionada que me sentí cautiva de sus historias, parte de ellas, caminando por un cafetal de noche, con la luna y las lechuzas como únicos testigos. Creo que hasta oí cómo los cálaos chasqueaban sus enormes picos del color de las bananas maduras y adiviné que el bosque olía a misterio, a fruta podrida en el suelo, a rastro de animales en celo.

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Creo que es parte del segundo capítulo, no podría asegurarlo.

Tampoco puedo asegurar que sea sensual. Más bien se queda corto. Aburrido también, ¿no?. Quizás tendría que ser más volcánico o más explícito. Quizás llega el momento de deformarlo todo para que sea más novelesco.

Con prudencia, aquí va:

Hubo un momento en el que la percusión se detuvo, la sala se oscureció y alguien pinchó un tema lento de Ismael Lô.

Sentí que me agarraban con fuerza y me arrastraban hasta estrellarme contra otro ser humano. Laurent tomó mi mano con firmeza, con su nariz a apenas algunos milímetros de la mía, y la llevó a su pecho. Después rodeó con un brazo que parecía de hormigón armado mi cintura, sumergiéndome en su olor.

Pensé que quería tatuarme en su piel, transformarme en una señal prendida a su epidermis de color teca. En cuestión de segundos me atravesó como un flechazo la certeza de que lo que deseaba era sumergirme bajo ella, hacerme margullar en un mar de chocolate.

Laurent se movía con morosidad.

Soldada a su pecho, yo seguía sus movimientos casi como si surgieran de mi propio interior. Sentía sus brazos, sus caderas, sus muslos y hasta su propio sexo, un animal vivo que latía y se enrabietaba dentro de sus pantalones, como parte de mi propia anatomía.

Me estaba desliendo, convirtiendo en pura melaza o, mejor, en el chocolate con el que él pretendía fundirme.

Cerré los ojos y me dejé llevar. 

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Noveleando

Casi medio año sin escribir aquí.

Sin excusas, salvo quizás el aburrimiento, la indignación, la tristeza o el agotamiento, juntos o por separado cada vez que me sentaba ante el teclado y ejercían de cóctel inhibidor de la creatividad. Perdí la gracia y la inspiración en algun punto del camino, con Miguel colgando de un pecho y una nota de prensa calzada entre las neuronas.

Sin embargo, los reproches de Ruyman y los anuncios de Amazon de Ernesto me empujan hacia este momento.

Sigo sin ganas de escribir en el blog por las mismas razones que esgrimo para explicar mi inapetencia de los últimos seis meses, pero creo que quizás  pueda enlazarlo con otro proyecto también atascado, que pretendía desatascar en vacaciones y quedó aparcado entre piscina, playa, siestas y otras delicias a la vera de los dos hombres.

El proyecto suspendido en el espacio y el tiempo empieza así:

El sueño se repetía constantemente, cada vez que cerraba los ojos para una cabezadita en la playa o una larga siesta tras las anticuadas persianas del dormitorio o una noche de sueño reparador con la nariz enterrada en la espalda de Tomás.

Lo cierto es que podría haber sido un sueño premonitorio si no se hubiera cumplido punto por punto en la vida real. O que podrían haber sido recuerdos, si no hubiera estado a más de seis horas de avión de su país en aquel momento concreto de su historia.

Como había sucedido en realidad, en su sueño los rebeldes también bajaban del Norte en poco más de dos semanas.

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Leo lo último de Stieg Larsson y me acaricio la dulcemente abombada tripa, donde crece una promesa. Mientras, Marc pasa por todos los controles policiales de la isla, con su L en el cristal posterior y Alpha Blondy en el estereo MediaMarkt.

Espero que estas breves líneas sean el comienzo de un regreso. Besito a todo el ciberespacio.

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Que al final es más una invitación que otra cosa, al estilo Ricardo Melchior con Obama (por cierto, Barack, un besito de Kurt Elling, que ayer casi te dedica su concierto en el Auditorio):

Viggo querido, te propongo que te vengas a ver un partido de la Unión Deportiva, que dicen que  provocó -siglos ha- que el San Lorenzo se encerrara en los vestuarios del Estadio Insular hasta que les prometieron que no les metían más goles.

Déjame que te invite a un derby en Siete Palmas, heladitos los tres (se viene Marc, mi Hombre, futbolista también y amigo del Valencia, el Vecindario y el Barça) bajo una enorme nórdica y cuatro bufandas. Llevaré, a modo de señal, el tapergüer con papas arrugadas nadando en el mojo de mi madre. También el libro de Emilio González Déniz donde explica todo lo que esos cobardes del San Lorenzo no te han contado. 

Si quieres, te compras tiras de calamar quemado, que apestan y tienen textura de chicle. Y prometo solemnemente mantener a lobas como la Lupe a una distancia prudencial, siempre que mi integridad física no corra peligro.

Te confieso también que hace un tiempito te habría servido de nórdica, calamar seco y bufanda, pero que he sentado la cabeza en el hombro de Marc. Lo lamento, sí, pero estoy felizmente casada, harta de esperar que llegaras a lomos de un caballo y con la espada haciendo un tirabuzón sobre tu fleco mal cortado”.

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