Con sólo dieciséis diciembres se separó definitivamente de su familia.
Ellos se mudaron a Bassam, siguiendo al patriarca y su nuevo trabajo. Él se dirigió a Abiyán, donde compartía un apartamento con otro amigo futbolista y pasaba los días entrenándose ferozmente y jugando como un loco al fútbol.
Cuando se separaron su padre lo apartó y, poniéndole las manos en los hombros, le dijo:
-Me recuerdas a mí mismo de niño. Apenas era capaz de mantenerme sobre los pies descalzos y ya apuntaba con el dedo gordo de mi pie derecho a un perro, un aguacate tirado en medio de la carretera, una lata, un tenique blanco.
Se detuvo para acariciarse la rodilla que se truncó junto con su carrera cuando estaba en su plenitud como deportista y como hombre. El aguacatero proyectaba sombras móviles sobre su cara, casi sin arrugas pero misteriosamente avejentada.
-Recuerda a tu abuelo cuando triunfes –continuó- También recuérdalo si no llegas a triunfar. No olvides la historia de cómo quisieron comprarle los franceses con un pasaporte y cómo vio a tantos africanos morir en la guerra en Europa. Tienes que ser fiel a tus raíces, a tu familia, a tu piel negra como el ónice. Nosotros nos sentiremos orgullosos de ti, suceda lo que suceda. Y rezaremos a todos los dioses, los blancos y los nuestros, para que te protejan.
Su madre los llamó desde la puerta antes de que el maestro rural pudiera continuar. Había preparado alloco con fufú para la ocasión, porque era el plato preferido del hijo que partía. Después de la siesta irían al Hotel des Cascades, a nadar en la piscina y comer helado de pistacho.
-Aprende de mi mala cabeza –el maestro dejó que las palabras flotaran en la pereza amable bajo el aguacatero- Nunca hice nada por culpa del diablo que llevo dentro y que me empuja a correr detrás de las mujeres. Tú tienes suerte: sólo te interesa el fútbol. No dejes que nada te desvíe de tu camino, del sueño que Dios ha puesto en tu corazón. No permitas que te enreden la vida otros. Decide siempre por ti, aunque nos hagas daño y tengas que separarte de los que te queremos. Incluso aunque tengas que cruzar el mar y marcharte a Francia. Y, si vas a Francia, no te olvides de las palabras de tu abuelo, de su pasaporte roto, de los cuentos que te recitaba de noche antes de irse a rezar con los ancianos del pueblo.
El padre se levantó, lanzando un quejido por mor de la rodilla quebrada, y avanzó despacio hacia la casa, dejándolo sumido en sus pensamientos. Aquel día lo vio tal como era: no un maestro temible que sabía todas las respuestas o el deportista ufano, casi invencible, que había conquistado a su madre bailando rumbas y chachachás en los guateques de su juventud. Era sólo un hombre mayor, cansado y defraudado por la vida y por sus propias elecciones. El peso de las esperanzas rotas se enganchaba a sus hombros para lastrarle los pasos.