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Archive for the ‘literatura’ Category

Mentirosa

Comencé a fabular sobre sentimientos inexistentes sólo por ver su sonrisa, como un relámpago de blancor inesperado, cruzando su sombrío salón en Mohammedia.

Pronto no tuve suficiente con una sonrisa abierta. Y las quise secretas, retorcidas para adentro, con los ojos entrecerrados y la mirada ensombrecida.

Aquellas sonrisas tampoco me complacieron durante mucho tiempo, así que inventé nuevos cumplidos, nuevos sueños, nuevas inexactitudes para provocar sonrisas que apenas arrugaran las esquinas de sus ojos. Sonrisas tan íntimas, tan internas, que sólo una llamita felina se prendiera un instante en sus pupilas negras. Si no las cogías al vuelo, las llamitas se perdían, inesperadas como estrellas fugaces, en las noches templadas de más allá de la frontera.

De tanto fabular, llegó el momento en que no supe lo que era cierto ni dónde le mentía.

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Vida tinta

Madres que salen a la calle en camisón y alpargata, de excursión familiar, para pasear al perro. Madres que planifican operaciones del Mossad para comprar embutidos en el supermercado.

Hombres que mendigan mordiscos o peleas de adolescente a femmes fatales lenguaraces.

Cuentos tiernos, de carcajada abrupta en la guagua o de sonrisa dulce, breve como un fogonazo. Cuentos un poquito crueles.

Muchos animales, sobre todo perros que lo devoran todo y son incondicionalmente adorados por sus compañeros de vida.

Periodistas en precario. Parados. Urbanitas enganchadas a los tratamientos de belleza. Concursos de miserias. Chats y guasaps y más y más conversaciones.

El Araña conquistando corazones solitarios en la guagua.

Marc decía que había que poner La Sexta en los hospitales para garantizar una recuperación más rápida de los pacientes. Yo digo que hace falta que María Hernández Martí esté en tu bolso para evitarte el siquiatra.

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La otra Lemona

Laurent me contó que Lemona se casó con Jude en su ciudad de origen, Benin City. Ella era una secretaria hija de campesinos, empleada en una pequeña empresa manufacturera. Él, un carpintero habilidoso, flacucho y sociable. Jude la preñó, como las lluvias de otoño a las nubes que se encaraman en los rascacielos de Lagos.

Desesperado, cruzó el continente hasta salirse de él por Canarias y recaló en Vecindario, donde consiguió trabajo, papeles legales y una hipoteca. Laurent y él se cruzaron en el momento en que Jude necesitaba alquilar una habitación para hacer frente a las exigencias de su banco y Laurent necesitaba un techo estable sobre su cabeza. Tras quince meses de convivencia, a Jude se le reventó el corazón sobre el suelo recién pagado de su salón. Acababa de solicitar la reagrupación familiar.

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Junio

Feliz y relamiéndome de anticipación. Si la cosa va bien, si los astros se ponen de acuerdo, Alain Mabanckou, examen de francés, comisariado de exposición y boda en Estocolmo :)

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Debo muchos descubrimientos a Laurent, no sólo la colisión de mi burbuja de felicidad simplona con la historia de Lemona.

También le debo comer a oscuras, en el salón de su casa, mis primeros platos africanos: un chebuyén comunitario en el que metían mano directamente sus dos compañeros de piso y nosotros dos, sin dejar de charlar animadamente en una mezcla de español, inglés y francés y con los dedos pintados de aceite.

O la inmersión cultural en las discotecas africanas, curiosos universos en los que pasé del horror y el rechazo a la pura diversión de su mano.

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Su madre le preparó fufú a todas horas y en todas las combinaciones posibles. Su padre le pidió que durmiera con él todas las noches para hablar sin tregua hasta la madrugada, amparados en la oscuridad cargada de zumbidos de insectos y rumor de hojas. Su abuela vino del pueblo para recordarle el bété y pasar las tardes acariciándole con sus manos terrosas y austeras, demorándose en cada pliegue entre los dedos, en cada línea de la palma y hasta en el óvalo de cada uña. Sus hermanas, ya casadas y preñadas, le colmaron de platos de plakalí, gombó y attieké y le llevaron a sus hijos para que los bendijera y les contara las historias de la sirena que habita el río Senegal, la hermosa Mamy Wata de ojos líquidos y garras de leona, la que atrae con su voz sensual a los hombres hasta las riberas para ahogarlos en un amoroso abrazo colmado de escamas de plata.

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Le gustaba jugar a que cantaba en un idioma extranjero.

Encadenaba sílabas sin sentido, a veces ácidas y duras, como leznas, limas y punzones sobre su lengua, sus labios y sus dientes. Otras veces, resbaladizas y dulces, como envueltas en almíbar o sirope. Se sentía poseída por un espíritu remoto, incomprensible.

Un día, por puro afán de enredar el juego, puso un espejo ante sus labios. Por fin comprendió lo que se atrabancaba sobre su lengua, cuando el reflejo de las palabras extrañas las hizo diáfanas y aprehensibles.

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Escuché su voz como llegando de otra vida, profunda y socarrona y dulce. Me invitó a pasear por la playa aquella misma noche y no pude encontrar excusas convincentes. Cuando nos vimos, en un bar irlandés de la zona portuaria, me abrazó con todo el cuerpo durante unos minutos que me parecieron, a un tiempo, infinitos y nada. Me sentí sargazo atribulado por la marea hasta que me robó un beso, a medio camino entre las mejillas, con determinación y ternura. Me amordazó con su boca para que no pudiera ni supiera protestar.

A continuación me agarró la mano con la que intentaba separarme de él y a partir de ahí dejé de ser yo sola para convertirme en otra cosa.

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Senegal, mon amour

Pasaron los años y  le ofrecieron dejar la liga marfileña para jugar en la liga profesional senegalesa.

La patria de Cheikh Anta Diop y Léopold Sédar Senghor le recibió con suciedad, con alboroto y con una energía electrizante, como la que anuncia las tormentas, flotando en el aire caliente. La aparente cachaza de los vecinos de Dakar no le engañó ni por un brevísimo instante. Las pasiones palpitaban bajo la piel de la normalidad y más que en ninguna otra parte, en la escalera de su edificio, en el popular barrio de Medina.

Habitó un pequeño cuarto, vecino de un imán con el corazón de oro, el anciano Souleymane Fall, durante apenas dos semanas. Lo necesario para conocer a la bella Fatou, acusada de promiscua y con la que nadie en el edificio se hablaba excepto el viejo Fall. El sabio afirmaba que la piedad se demostraba al no negar la palabra al prójimo y que si no se hablaba con alguien por estar errado, esa persona jamás saldría de su equivocación.

- La vida está llena de sorpresas –solía confiarle, entre rezo y rezo- Jamás sigue el discurrir que tú quisieras, pero te lleva entre maravillas y decepciones a comprender que no se ha hecho tu voluntad, pero que todo está bien. Los caminos del destino son a veces incomprensibles.

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Con sólo dieciséis diciembres se separó definitivamente de su familia.

Ellos se mudaron a Bassam, siguiendo al patriarca y su nuevo trabajo. Él se dirigió a Abiyán, donde compartía un apartamento con otro amigo futbolista y pasaba los días entrenándose ferozmente y jugando como un loco al fútbol.

Cuando se separaron su padre lo apartó y, poniéndole las manos en los hombros, le dijo:

-Me recuerdas a mí mismo de niño. Apenas era capaz de mantenerme sobre los pies descalzos y ya apuntaba con el dedo gordo de mi pie derecho a un perro, un aguacate tirado en medio de la carretera, una lata, un tenique blanco.

Se detuvo para acariciarse la rodilla que se truncó junto con su carrera cuando estaba en su plenitud como deportista y como hombre. El aguacatero proyectaba sombras móviles sobre su cara, casi sin arrugas pero misteriosamente avejentada.

-Recuerda a tu abuelo cuando triunfes –continuó- También recuérdalo si no llegas a triunfar. No olvides la historia de cómo quisieron comprarle los franceses con un pasaporte y cómo vio a tantos africanos morir en la guerra en Europa. Tienes que ser fiel a tus raíces, a tu familia, a tu piel negra como el ónice. Nosotros nos sentiremos orgullosos de ti, suceda lo que suceda. Y rezaremos a todos los dioses, los blancos y los nuestros, para que te protejan.

Su madre los llamó desde la puerta antes de que el maestro rural pudiera continuar. Había preparado alloco con fufú para la ocasión, porque era el plato preferido del hijo que partía. Después de la siesta irían al Hotel des Cascades, a nadar en la piscina y comer helado de pistacho.  

-Aprende de mi mala cabeza –el maestro dejó que las palabras flotaran en la pereza amable bajo el aguacatero- Nunca hice nada por culpa del diablo que llevo dentro y que me empuja a correr detrás de las mujeres. Tú tienes suerte: sólo te interesa el fútbol. No dejes que nada te desvíe de tu camino, del sueño que Dios ha puesto en tu corazón. No permitas que te enreden la vida otros. Decide siempre por ti, aunque nos hagas daño y tengas que separarte de los que te queremos. Incluso aunque tengas que cruzar el mar y marcharte a Francia. Y, si vas a Francia, no te olvides de las palabras de tu abuelo, de su pasaporte roto, de los cuentos que te recitaba de noche antes de irse a rezar con los ancianos del pueblo.

El padre se levantó, lanzando un quejido por mor de la rodilla quebrada, y avanzó despacio hacia la casa, dejándolo sumido en sus pensamientos. Aquel día lo vio tal como era: no un maestro temible que sabía todas las respuestas o el deportista ufano, casi invencible, que había conquistado a su madre bailando rumbas y chachachás en los guateques de su juventud. Era sólo un hombre mayor, cansado y defraudado por la vida y por sus propias elecciones. El peso de las esperanzas rotas se enganchaba a sus hombros para lastrarle los pasos.

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