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Archive for the ‘literatura’ Category

Escuché su voz como llegando de otra vida, profunda y socarrona y dulce. Me invitó a pasear por la playa aquella misma noche y no pude encontrar excusas convincentes. Cuando nos vimos, en un bar irlandés de la zona portuaria, me abrazó con todo el cuerpo durante unos minutos que me parecieron, a un tiempo, infinitos y nada. Me sentí sargazo atribulado por la marea hasta que me robó un beso, a medio camino entre las mejillas, con determinación y ternura. Me amordazó con su boca para que no pudiera ni supiera protestar.

A continuación me agarró la mano con la que intentaba separarme de él y a partir de ahí dejé de ser yo sola para convertirme en otra cosa.

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Senegal, mon amour

Pasaron los años y  le ofrecieron dejar la liga marfileña para jugar en la liga profesional senegalesa.

La patria de Cheikh Anta Diop y Léopold Sédar Senghor le recibió con suciedad, con alboroto y con una energía electrizante, como la que anuncia las tormentas, flotando en el aire caliente. La aparente cachaza de los vecinos de Dakar no le engañó ni por un brevísimo instante. Las pasiones palpitaban bajo la piel de la normalidad y más que en ninguna otra parte, en la escalera de su edificio, en el popular barrio de Medina.

Habitó un pequeño cuarto, vecino de un imán con el corazón de oro, el anciano Souleymane Fall, durante apenas dos semanas. Lo necesario para conocer a la bella Fatou, acusada de promiscua y con la que nadie en el edificio se hablaba excepto el viejo Fall. El sabio afirmaba que la piedad se demostraba al no negar la palabra al prójimo y que si no se hablaba con alguien por estar errado, esa persona jamás saldría de su equivocación.

- La vida está llena de sorpresas –solía confiarle, entre rezo y rezo- Jamás sigue el discurrir que tú quisieras, pero te lleva entre maravillas y decepciones a comprender que no se ha hecho tu voluntad, pero que todo está bien. Los caminos del destino son a veces incomprensibles.

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Con sólo dieciséis diciembres se separó definitivamente de su familia.

Ellos se mudaron a Bassam, siguiendo al patriarca y su nuevo trabajo. Él se dirigió a Abiyán, donde compartía un apartamento con otro amigo futbolista y pasaba los días entrenándose ferozmente y jugando como un loco al fútbol.

Cuando se separaron su padre lo apartó y, poniéndole las manos en los hombros, le dijo:

-Me recuerdas a mí mismo de niño. Apenas era capaz de mantenerme sobre los pies descalzos y ya apuntaba con el dedo gordo de mi pie derecho a un perro, un aguacate tirado en medio de la carretera, una lata, un tenique blanco.

Se detuvo para acariciarse la rodilla que se truncó junto con su carrera cuando estaba en su plenitud como deportista y como hombre. El aguacatero proyectaba sombras móviles sobre su cara, casi sin arrugas pero misteriosamente avejentada.

-Recuerda a tu abuelo cuando triunfes –continuó- También recuérdalo si no llegas a triunfar. No olvides la historia de cómo quisieron comprarle los franceses con un pasaporte y cómo vio a tantos africanos morir en la guerra en Europa. Tienes que ser fiel a tus raíces, a tu familia, a tu piel negra como el ónice. Nosotros nos sentiremos orgullosos de ti, suceda lo que suceda. Y rezaremos a todos los dioses, los blancos y los nuestros, para que te protejan.

Su madre los llamó desde la puerta antes de que el maestro rural pudiera continuar. Había preparado alloco con fufú para la ocasión, porque era el plato preferido del hijo que partía. Después de la siesta irían al Hotel des Cascades, a nadar en la piscina y comer helado de pistacho.  

-Aprende de mi mala cabeza –el maestro dejó que las palabras flotaran en la pereza amable bajo el aguacatero- Nunca hice nada por culpa del diablo que llevo dentro y que me empuja a correr detrás de las mujeres. Tú tienes suerte: sólo te interesa el fútbol. No dejes que nada te desvíe de tu camino, del sueño que Dios ha puesto en tu corazón. No permitas que te enreden la vida otros. Decide siempre por ti, aunque nos hagas daño y tengas que separarte de los que te queremos. Incluso aunque tengas que cruzar el mar y marcharte a Francia. Y, si vas a Francia, no te olvides de las palabras de tu abuelo, de su pasaporte roto, de los cuentos que te recitaba de noche antes de irse a rezar con los ancianos del pueblo.

El padre se levantó, lanzando un quejido por mor de la rodilla quebrada, y avanzó despacio hacia la casa, dejándolo sumido en sus pensamientos. Aquel día lo vio tal como era: no un maestro temible que sabía todas las respuestas o el deportista ufano, casi invencible, que había conquistado a su madre bailando rumbas y chachachás en los guateques de su juventud. Era sólo un hombre mayor, cansado y defraudado por la vida y por sus propias elecciones. El peso de las esperanzas rotas se enganchaba a sus hombros para lastrarle los pasos.

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El pistache au poulet es otro de esos platos típicos africanos donde comulgan carne y frutos secos. Pistacho en este caso, pero podrían ser almendras o anacardos o manises. La receta sigue aquí y abre el segundo capítulo de la novela africana del siglo XXI:

Juntar cuatro vasos de pistacho verde, un pollo de granja despedazado y limpio, dos tomates grandes, una cebolla, un ajo, un pimiento, sal, tres cubitos de avecrem y aceite de maní. Dorar el pollo en el aceite de maní mientras se pican, bien menuditos, los tomates, la cebolla, el ajo y el pimiento. En un caldero aparte, cocinar la verdura, más los pistachos, con un litro de agua y dejarlos sancocharse unos veinte minutos a fuego medio. Añadir el pollo y cocinar otros veinte minutos. Separar el pollo. Pasar por la batidora la salsa hasta que quede consistente y sin grumos. Servir junto, frío, con arroz.

Un buen plato para empezar una semana que se anuncia movida.

Gracias al CAAM y a Eduvigis Hernández, este miércoles a las 20.00 horas perpetro Breviarios en San Martín. Ahora estoy escogiendo lecturas y buscando chocolate para regalar a los asistentes, chantajista además de comidista a estas horas. La idea es leer la primera parte del primer capítulo de la novela y textos de Cambio de rumbo y otras historias pigmeas. Pensé en Maternidades, pero lo encontré tan flojo cuando intenté leer algo en el memorial de Lola…

Si estás en Las Palmas de Gran Canaria y quieres y puedes degustar una jícara de chocolate sin sangre y escuchar de viva y temblona voz y a velocidad turbo algunos textos de los que aquí aparecen, ya sabes. Sólo pido piedad.

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La lucha interna

Situación: la narradora y Laurent, su co-protagonista, se conocen en Tenerife. Coinciden en unas jornadas organizadas por una ong para voluntarios que trabajan con inmigrantes. Ella se siente atraída por él de inmediato pero, por razones que desconocemos, elige alejarse sistemáticamente de su persona. Se separan cuando vuelven a Gran Canaria. Su intención es no volver a verle.

Todos nos habíamos intercambiado direcciones de correo electrónico y números de teléfono ya desde el primer día. Cuando llegué a casa, lo primero que hice tras depositar mi bolsa de ropa en el montón de la colada pendiente fue sentarme en la cama para buscar sus datos en mi libreta y borrarlos, determinada, a fuerza de gruesas y precisas líneas de rotulador. También ignoré las llamadas de números desconocidos durante varias semanas y casi no consulté mi correo electrónico, decidida a eliminar a Laurent y todas sus posibles coordenadas de mi vida.

Pasaron los días, lentos y mortalmente aburridos sin la posibilidad de Laurent cerca.

En la televisión seguía las noticias de su país, aunque ahora con una mezcla de cinismo y de brutal ternura. Sobre las palabras de los locutores escuchaba su voz, que me arrullaba con una nana donde recogía los nombres de cada muerto, cada escuela quemada, cada mujer violada, cada niño huérfano.

Los días estaban a punto de detenerse, igual que mi vida. Había cortado amarras con él antes de que nos atáramos mutuamente y me intentaba convencer, cada noche, antes de dormirme, de que había hecho lo correcto. Hacía falta un ejercicio de voluntad casi inhumana para levantarme por las mañanas, sabiendo que él no estaba allí ni se le esperaba.

Una mañana creí verlo caminando bajo el sol por el arcén de una carretera en Vecindario, la localidad donde me había dicho que vivía. Brillaba bajo el sol como un pájaro de fuego y cargaba una enorme bolsa de deportes. Casi frené en seco, casi me estrellé contra otro coche por perderme en el retrovisor para andar junto a él y averiguarle los rasgos y el humor del día. Todo quedó, una vez más, en un casi. Su figura desapareció en una curva del camino y no volví atrás.

Una mañana de viernes, cuando ya sentía que la sangre se había secado en mi cuerpo y no me quedaban razones para transitar por mi vida, me distraje un segundo y acepté la que resultó ser una llamada suya.

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El “alloco” de Antony Sery

Bueno, ya estaba tardando, una vez más, en retomar la escritura. Gesto que lleva a aplazar la famosa novela africana del siglo XXI y a eternizarnos con una página a medio esbozar, a sentirse una culpable, a procrastinar el encuentro con la acusadora pantalla del portátil, etc. Para ir rompiendo el fuego de nuevo, aquí va la receta de un plato típico de Costa de Marfil, el alloco. Algo sencillito, ideal como aperitivo, acompañante o merienda, por ejemplo. Antes de que preguntes, Antony Sery es mi suegra.

Lo primero es trocear las bananas y apartarlas en un plato de loza. Se calienta la sartén y se sofríen la cebolla picada finita y la salsa de tomate, removiendo una pastilla de avecrem en ella. Las sardinas de lata se vacían en la salsa, después de limpiarlas de aceite y machacarlas. Se remueve a fuego lento y se condimenta. Por último, en una sartén aparte, se fríe la banana. El alloco se puede tomar con attieké o con pescado frito o con arroz en otras combinaciones. En nuestro caso particular, se junto con la salsa de sardina, se remueve y se añade más picante si es necesario.   

 Lo de la receta viene explicado por la estructura de la famosa novela, titulada Fufú para merendar gracias al gran Nenito. Plagiando hábilmente a Isabel Allende y, sobre todo, Calixthe Beyala, los capítulos de esta novela comienzan con una receta africana siempre.  La estructura también fija dos miradas diferentes: Laurent y llamémosla Ella.  Las dos historias se van contando en capítulos alternos y van convergiendo. La voz es siempre la misma, la de la narradora, que cuenta su historia y también la historia que le ha transmitido Laurent.

Vamos por unas sesenta páginas y la idea es llegar a las 150. El problema, que creo que a veces cuento demasiadas cosas demasiado a prisa y tengo que detener la narración de alguna manera. En fin, que necesito que una lectora o un lector con criterio mire el texto y me diga si tiene sentido. O hacer pausas en las que el texto repose y pueda volver a manejarlo con interés y ternura, superando baches, destrabando obstáculos y, sobre todo, buscando palabras, fluidez e historias.

Seguimos…

 

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Y así termina …

Regresó inesperado, armado con un pasaporte francés que rompió en cachitos nada más pisar suelo marfileño, ante la mirada atónita de los estibadores del puerto. Se fue directo desde Abiyán al pueblo, subido en el volquete de un viejo camión destartalado, cargado de manos de banana y sacas de arroz chino.

Nada más llegar, se fue directo a la casa de la que fuera su novia y allí le informaron de que era la mujer de otro.

En un impulso que le traía en sus alas desde Francia, se fue directo a la casa del comerciante y allí sus ojos se posaron en los hijos de su antiguo amor, jugando en la arena del patio. Ella molía el arroz silvestre en el mortero, con un paño envolviéndole los rizos y los brazos cargados de pulseras de cuentas. Era exactamente la misma que cuando él partió, aunque una fina arruga se le dibujaba, pensativa y amarga, entre las cejas.

Simplemente se miraron.

Ella se fue, dejando el mortero y los hijos detrás, para recomenzar su vida con el veterano de guerra.

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