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Archive for the ‘Microrrelatos’ Category

Hambre

Las palabras me transportan hasta los lomos verdosos, relucientes, de los cocodrilos de Yamusukro. A las palmeras salvajes despelusadas de Assinie, las selvas gloriosas de Grand Lahou, el espejeo sucio de la laguna Ebrié, los atascos interminables de Yopougon.

“Agouti”, leo. “Scargots”. Salta a la pantalla de la blackberry un “alloco” que huele a sardinas frescas y cebolla. “Attieké”, suspiro.

El corazón se me hace agua y nostalgia de lo que no conozco. Mi boca revienta de voraz deseo.  

“Agutí”, repito, dejando que la palaba se me hunda en la lengua. “Alocó, achequé”, prosigo. Un roce de papilas gustativas por las esquinas de las eles, un golpe de labio al final de cada palabra. Como un mordisco.  

Los dedos que tocan las teclas saben a pimienta picona y van a la boca con las palabras. Suelto la blackberry para entrar a la cocina, a desmigajar con los dedos húmedos cubitos de avecrem salados. Un gusto casi insoportable me pinza las yemas de los dedos. Quemón y salitroso y adictivo. Como las noches más intensas en los balcones de Riviera.

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La lección

- Karpusi es la palabra griega para sandía -me explicó, acercando sus dedos teñidos de dulce púrpura a mis labios.

La había reventado contra una piedra de la Playa Roja de Santorini al atarceder y ahora se deshacía como una flor de hielo rosa bajo el tibio sol.

- Kokkinos es rojo -continuó, pintando una línea con mi propia saliva, mezclada con pulpa de sandía, hasta marcar un punto final abrupto en mi ombligo.

- Zalassa es el mar -aventuré, fijando una mirada casi táctil en el salitre que se petrificaba sobre su piel olivácea.

- No corras -me cortó, merodeándome el tanga con la mirada. Y tocó con un gélido dedo color bermellón el punto justo bajo la tela antes de paladear- Kli-to-ri-da.

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Eva

Decidimos el nombre de su futura hermana una tarde de verano. Se me torció la vida, como a veces pasa en vacaciones, y acabó convirtiéndose en el nombre de su madrastra.

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Colette

Se cepilló su fleco rubio con precisión y observó en el espejo lo bien que le sentaba su vestido turquesa, a juego con sus ojos, sin manga y elegantemente cortado por encima de sus blancas rodillas. Acarició el gancho de la percha, satisfecha. Estaba segura de que ése era el día: esa noche conocería a su padre de la independencia africana.

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Sus sabios dedos separaron, con delicadeza, mis labios, como si corrieran las pesadas cortinas púrpura de un escenario. Su sexo, brioso, entró en escena disfrazado de tenor desbocado.

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Brevísimo

Tenía la dulce mirada característica de todos los asesinos en serie.

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Once palabras

Se disculpó y me prometió no volver a hacerlo. Parecía sincero, incluso avergonzado. Se le arrebolaba la cara que ya empezaba a difuminarse ante mis ojos.

- Demasiado tarde – le contesté, sin rencor.

Nunca pude saber de qué se sentía culpable. Supuse que de sus infidelidades constantes o de sus mentiras durante nuestra convivencia. Pero también podría ser de la tercera puñalada, la que me segó a un tiempo femoral y vida, aquella mañana de primavera, en Botsuana.

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Le gustaba jugar a que cantaba en un idioma extranjero.

Encadenaba sílabas sin sentido, a veces ácidas y duras, como leznas, limas y punzones sobre su lengua, sus labios y sus dientes. Otras veces, resbaladizas y dulces, como envueltas en almíbar o sirope. Se sentía poseída por un espíritu remoto, incomprensible.

Un día, por puro afán de enredar el juego, puso un espejo ante sus labios. Por fin comprendió lo que se atrabancaba sobre su lengua, cuando el reflejo de las palabras extrañas las hizo diáfanas y aprehensibles.

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El señor Woolf, supongo

La última vez que lo vi con vida regaba, abstraído, un parterre cuidadosamente recortado. Su estampa era bucólica, amable. Un leve rocío caía sobre los hibiscos de color escarlata. Sus ojos parecían ensoñecidos.

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Galáctico

Se compró el deportivo más potente, más caro, más veloz. Y se dedicó a pasear, muy despacito, por la cuesta más popular de Funchal: arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, …

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