Las palabras me transportan hasta los lomos verdosos, relucientes, de los cocodrilos de Yamusukro. A las palmeras salvajes despelusadas de Assinie, las selvas gloriosas de Grand Lahou, el espejeo sucio de la laguna Ebrié, los atascos interminables de Yopougon.
“Agouti”, leo. “Scargots”. Salta a la pantalla de la blackberry un “alloco” que huele a sardinas frescas y cebolla. “Attieké”, suspiro.
El corazón se me hace agua y nostalgia de lo que no conozco. Mi boca revienta de voraz deseo.
“Agutí”, repito, dejando que la palaba se me hunda en la lengua. “Alocó, achequé”, prosigo. Un roce de papilas gustativas por las esquinas de las eles, un golpe de labio al final de cada palabra. Como un mordisco.
Los dedos que tocan las teclas saben a pimienta picona y van a la boca con las palabras. Suelto la blackberry para entrar a la cocina, a desmigajar con los dedos húmedos cubitos de avecrem salados. Un gusto casi insoportable me pinza las yemas de los dedos. Quemón y salitroso y adictivo. Como las noches más intensas en los balcones de Riviera.