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Archive for the ‘música’ Category

John Mayer también…

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¡Sex!

Momento festivo del día en el que meneo cadera y me preparo para caminar un ratito por Las Canteras. Ameniza Goran Bregovic.

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El viento ha marcado mi paisaje vital desde la infancia, cuando me empujaba firmemente, amarrado a las costillas, todo el trayecto desde mi casa hasta el colegio.

Entonces se colaba –como un pariente lejano del protagonista de los versos de García Lorca- bajo mi uniforme, haciendo una ola con las tablas de mi falda. Quizás yo era pequeña, apenas me separaban unos palmos del suelo, y combinaba esa falda convertida en tutú aéreo con los calcetines largos, la rebeca con mangas que ejercían de pañuelo improvisado e incluso el pasamontañas.

Quizás era igual de pequeña pero soplaba el siroco y mi voz infantil, en alto, contabilizaba las langostas que llegaban de África, pataleando boca arriba en los adoquines de la acera. Quizás mi miniatura se rebelaba contra su empujón constante haciendo fuerzas con la espalda, revolviéndose, perpetrando un zigzag repentino con la intención de sorprenderlo. Quizás el viento, vengativo, arrastraba los números cantados, los convertía en un fulard sonoro, los desperdigaba por la calle, los barría sobre el piso y los forzaba a patalear, huérfanos, boca arriba sobre los adoquines.

Pasaron los años y el viento seguía allí.

Barriendo los lomos de las olas en Las Canteras. Precisamente, en el momento en que entrabas en el mar, de puntillas, en equilibrio precario e intentando sacar del agua toda la epidermis posible. Entonces te rociaba una lluvia de diminutos lapos salados, helados, que te paralizaban, convertida en un pez luna humano.

O tenía un día amable y condescendía a acariciarme la espalda mojada, transformándome en cardón de carne, piel y vello sobre la toalla mojada. O su humor era inmejorable y decidía aliviar la calma quemona de la siesta en la arena, meciendo caprichosamente el vello de los brazos, fino y rubio, como un mar de algas inesperadas, breves, brotando de la piel emparrillada.

Pasaron más años y el viento no podía disociarse del paisaje de la isla.

Convertía las playas del Sur en un infierno, habitado por enjambres de diminutos granos de arena picones, que se las arreglaban para penetrarme por los ojos, la nariz, la boca, los oídos, los rincones más ocultos del cuerpo. El viento forzaba a coger el coche y trepar por una carretera mordida al perfil de la isla, a subir por su cara oeste, la más abrupta, pero también la más protegida de sus embates africanos. Te obligaba a enquistarte en Puerto Rico o Mogán o Amadores, zonas de costa más calmas, menos ventolerientas. A pegarte a la arena y entrecerrar los ojos.

Pasaron más años, cruzamos el umbral de un nuevo milenio y el viento lo cruzó, silbando, conmigo.

Travieso, abanaba la ropa tendida en la azotea y colaba pinceladas de calima en las casas. Hasta se hizo huracán. Levantó tejas, derribó ramas de eucalipto y palmeras, viró los cascos de los barcos, mutándolos en cubiertas. En un gesto de desafío sin precedentes, se llevó el Dedo de Dios, truncado de un empellón maligno, a las profundidades del Océano. Inutilizó postales y convirtió arte en arqueología.

Siempre estuvo y estará el viento.

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Brevísimo

¡Que vivan Tuck y Patti!

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En la pira

Ardo y me consumo a un carraspeo de perder la garganta. El Hombre me pegó la gripe y vago por mi vida, dolorida, con más ganas de ensabanarme y apagar la luz del universo que de escuchar a Seydu al resplandor de las velas.

Una suave y mortal humedad desciende ahora sobre el patio de Casa África, bajo el cielo azul grisáceo, raspado de nubes. También raspa una copa contra otra, con un tintineo discreto, en el patio y raspan unos dedos hábiles las cuerdas de una especie de kora.

Seydu está colocando sus instrumentos, amorosamente, en su pequeño escenario adornado con telas de Mali. Lo acomoda y calienta con su breve y simple escenografía. Delante de él, se erigen dos antorchas prestas para llamear en una noche mágica. Hay mesas, como extraños hongos futuristas, creciendo desde las baldosas de piedra del patio.

Un avión rasga la paz de la casa con su rugido acolchado. Suena una pita en la calle. Me bebo mi propalgina, acompañada por la santa equinácea. 

Bajo el corredor, Seydu va completando el ritual de preparación del concierto, percutiendo el lomo de una marimba en el patio.

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Sorbete de limón

Silje Neergard es exquisita, como un sorbete de limón. Dulce, con falsetes ligeramente ácidos; delicada y al tiempo, desconcertante; femenina, pero tocada con esa androginia tan particular del norte; experimental a ratos, aunque fundamentalmente clásica; noruega y country; fríaldad rubia y puro mas controlado sentimiento. Y, sobre todo, Silje es una hermosa voz que “suena como un CD”, según apuntó el Hombre, impresionado.  

Erika me comentó que le parecía plana y que prefiere a Norah Jones, puestos a sonar americanos. Nenito, que Andrea se sintió “mascada” en el Rincón del Jazz de ayer, con la bella y parsimoniosa Silje.

Pero también sé que María disfrutó de un concierto mágico, en el que se oyeron baladas, ecos nórdicos, un poquito de dulcísimo noruego, mucho jazz y hasta una nana, igual que un incondicional de la escandinava desde hace años: Pío.

Yo, de humor para los estados de ánimo flotantes y delicados de Silje, me sentí encandilada por su forma de hablar inglés sin acento, por su conexión con la banda y su amabilidad con el público y, sobre todo, por ese chorro de voz sabiamente administrada, que no necesita de exhibiciones ni mentiras. Con la cabeza anidando en el duro hombro del Hombre, en un rinconcito oscuro de la sala, me dejé hechizar.

Ahora toca Goran, con las alegres búlgaras y los vientos gitanos. Ayer, de camino hacia Silje, recogí mis dos entradas en la segunda fila de platea. La experiencia del año, espero, en el feliz febrerillo loco que se asoma en la puerta ¡Hurra!

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Disfruto al descubrir cosas que expanden mi universo sensorial y mi conocimiento y África es un tema que me cautiva, lo mire por donde lo mire. Así que la tarde de hoy ha sido muy gratificante, gracias a una conferencia de Pompeyo Pérez Díaz sobre la música africana.

Primero porque los ritmos afrocaribeños y árabes ejercen, en mi caso, como anzuelitos invisibles que se me clavan en las caderas y de los que tiran tanzas igualmente invisibles que me levantan del asiento y dislocan la pelvis. Segundo, porque tengo colocados a Natacha Atlas, Khaled o Massuko en mi panteón sonoro particular.

Tercero, porque Pompeyo Díaz coló junto al Jarra Jarra  de Rachid Taha impresiones desconcertantes y luminosas para los sentidos, como la llamada por tamtam a un hombre con mujer de parto a través de la selva, una nana colectiva pigmea, imágenes del soplo del infierno o, sobre todo, una canción improvisada por pigmeos baka en un arroyo, jugando con diferentes profundidades para lograr diferentes efectos sonoros, mientras cantaban, chapoteaban y se lanzaban al agua en bomba cuando se cansaban de improvisar melodías.

Cuarto, porque me enamoré de la pieza final de la conferencia: una mezcla de Bach con ritmos tribales de Gabón, aparentemente incompatibles a primera vista pero que lograba un efecto de particular y extrañamente armoniosa belleza en la práctica. 

Y quinto, porque abandoné el auditorio de Casa África con la imagen mágica y surrealista de un grupo de pigmeos de concierto en una cascada, en lo más profundo de un bosque subsahariano, y sintiéndome feliz por habitar un mundo en el que hay parcelitas de vida donde todo es música y la música lo es todo.   

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No sin mi tigre

La gente llega a este blog haciendo las búsquedas más peregrinas en Google. Para muestra, tres ejemplos: “cocinar una tintorera”, “estampado bolsas de pimkie” y “colmillos en el paladar”. Extrañas peticiones al ciberespacio que los conducen hasta el blog de una colgada que hoy teclea sin sentido del olfato, con los ojos inyectados en sangre y sintiendo un dolor sordo a la altura de los riñones.

Me quejo un poco por vicio, porque lo cierto es que hoy me encuentro mucho mejor que ayer.

El Hombre adquirió anoche, en el locutorio de la esquina regentado por un nigeriano (selección la suya, por cierto, que ayer perdió ante Costa de Marfil en la Copa de África), un potingue ghanés (de ganador frente a  Guinea Conakry) con olor a vibaporú y tacto quemón sobre la piel, que parece denominarse popularmente no sé qué de tigre. Armado con él, me regaló unas friegas entre pecho y espalda, con extensión al cuello y un lambuseo en la nariz, que me dejaron ardiendo por la fuerza del masaje, la intensidad del ungüento y la tendencia del Hombre a reírse de la baña que rodaba a los lados de mis vértebras bajo sus manos enormes. Total, que el invento casi no me deja dormir … pero desperté bien, aunque todavía mocosa y ojerosa.

Creo que la noche es tibia, porque tengo el termostato interno averiado. La luna está enorme en un cielo despejado, ya sin calima. Y mañana ponen a la venta, a las diez de la mañana, las entradas para Goran Bregovic. Histérica, le pido otra friega al Hombre, que mañana es un día para no flaquear, para luchar con la tecnología por la primera fila de butacas del auditorio con la secreta esperanza de que diez gitanos sarajevinos me escupan desde el escenario.

La noche es breve, igual que la dicha y los tarritos de pócima de tigre, así que a descansar y hasta mañana (especialmente, a todos los fans de las tintoreras y las bolsas de Pimkie y a todas las almas gemelas que portan un colmillo atravesado en el paladar). Felices sueños con música balcánica para todos. 

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De cumbierita intelectual

Tras un agradable desayuno con tibias torrijas rebozaditas en miel y mandarinas deliciosas, mando al Hombre a comprar un par de cositas al Mercadona y me acomodo ante mi portátil, dispuesta a ejercer de crítica en mi primera y fugaz experiencia con el Festival de Música de este año.

Evidentemente, no aspiro a hacerlo como Javier Moreno, ese George Clooney del destripe al tenor y la batuta, más George Clooney que nunca con el cuello del gabán revirado y sus gafas intelectuales. Ni como Luisa del Rosario, Julia Roberts por una noche sobre sus tacones de vértigo y calzando medias de rejilla a la puerta del Auditorio Alfredo Kraus, tan sofisticada como dulce. Más bien en mi propio estilo rupestre, tirando a ignorantón.

El programa de ayer noche (gracias, Pelusa, por las entradas) fue cosa de la Nederlands Philharmonisch Orkest, con Yakov Kreizberg al frente y Cañizares acariciando la guitarra flamenca. Incluía a Beethoven, Mauricio Sotelo y Franz Schmidt, aunque Noe y yo salimos escopetiadas nada más acabar el bis de Cañizares, aplaudido y deseado tras el extraño pastiche de Sotelo.

Primero que nada, opinar que el Festival de Música de Canarias me parece cosa más de apariencias que de otra idem. Imagino que las momias más lustrosas y estiradas de la ciudad salen del armario, desempolvan sus pieles y sus diademas de brillantes, se cardan el pelo y se echan laca en él hasta que adquiere consistencia de cartón piedra, se calzan tacones afilados como puñales y se pasean por el hall del auditorio como fragmentos de otra época, charlando entre sí y exhibiéndose dignamente.

Después, agradecer a mi moleskine el ayudarme a aguantar el concierto despierta, tomando notas y bosquejando algún microrrelato entre los aplausos tibios y desganados de la escasa (y menguante) concurrencia. Al lado, Noe se refugiaba en su abrigo, indignada con las dos momias de la fila de delante, que no paraban de moverse “como chiquillas chicas”.  O daba cabezadas a ratos. O se asomaba sobre la tapa de mi libreta, curiosa.

En el escenario, una marejada de arcos de violín para un Beethoven bucólico y ligero. Una orquesta que sonó precisa, limpia y correcta en mis profanos oídos, aunque no despertó pasiones entre el público. Un director que bailoteaba casi en estilo break dance al borde de moonwalk. Y una melena roja como una llamarada ausente en los palcos de prensa.

Lo de Sotelo fue un poquito esotérico al principio, como de banda sonora de película de terror con carne de cañón de psicópata corriendo por un bosque, al modo bruja de Blair. Una pieza demasiado abstracta para mí, con escenas de Cortina rasgada, percusionistas sicóticos saltando entre los instrumentos, expresiones desconcertadas entre los músicos, solos de guitarra flamenca geniales y solos de orquesta plúmbeos.

La primera fila de butacas, fronteriza con una marea de calas y a la vera casi del director, que se daba un aire a Sarkozy desde el primer anfiteatro, se esfumó antes del bis de Cañizares.

Nosotras escapamos con la última nota sentida de su guitarra, abandonando a Clooney y Roberts detrás. Sin volver la vista. Sobre todo, cuando Clooney nos informó de que la última parte del programa la compuso un nazi e intuimos que desearíamos invadir Polonia tras sufrir los primeros tres compases. Clooney recomienda a Muti, así que seguiremos informando. 

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