Emigro a Sevilla en domingo, a ejercer casi de observadora en un taller para periodistas que trabajan con la inmigración. De paso y como son cuatro días a tiro de tenique de la Giralda, intentaré patearme esas calles llenitas de olor a Guadalquivir y leer mucho en cafés y bochinches varios, a ser posible a la orilla de un fino.
Estaré desconectada: ni el endiablado feisbuc, ni blog, ni flickr.
Un descanso a medias, porque sí que sacaré fotos y escribiré algo en mi moleskine, espero, que los aeropuertos, hoteles y aviones tienen un no sé qué de inspirador, de burbuja fuera del transcurrir normal del tiempo. Además, me llevo varios libros y la añoranza de Marc puestos.
Besito a todos, mientras la vecina sicópata de enfrente combina el esperrío a su hermano y el fandango interpretado con botellas de agua vacía, justo a las siete de la mañana. Ya despertaron los topillos de arriba, sordos y casi ciegos ambos, pero con una capacidad para el arrastre de muebles, el martilleo en la pared traspasada la media noche y otras mil formas de acoso acústico que ya quisieran para sí los torturadores de Guantánamo.
Y nos vemos en la presentación de Manuel Pimentel en Casa África, el jueves, a las 20.00 horas, si los pilotos y las circunstancias así lo quieren.