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Archive for the ‘Viggo Mortensen’ Category

Que al final es más una invitación que otra cosa, al estilo Ricardo Melchior con Obama (por cierto, Barack, un besito de Kurt Elling, que ayer casi te dedica su concierto en el Auditorio):

Viggo querido, te propongo que te vengas a ver un partido de la Unión Deportiva, que dicen que  provocó -siglos ha- que el San Lorenzo se encerrara en los vestuarios del Estadio Insular hasta que les prometieron que no les metían más goles.

Déjame que te invite a un derby en Siete Palmas, heladitos los tres (se viene Marc, mi Hombre, futbolista también y amigo del Valencia, el Vecindario y el Barça) bajo una enorme nórdica y cuatro bufandas. Llevaré, a modo de señal, el tapergüer con papas arrugadas nadando en el mojo de mi madre. También el libro de Emilio González Déniz donde explica todo lo que esos cobardes del San Lorenzo no te han contado. 

Si quieres, te compras tiras de calamar quemado, que apestan y tienen textura de chicle. Y prometo solemnemente mantener a lobas como la Lupe a una distancia prudencial, siempre que mi integridad física no corra peligro.

Te confieso también que hace un tiempito te habría servido de nórdica, calamar seco y bufanda, pero que he sentado la cabeza en el hombro de Marc. Lo lamento, sí, pero estoy felizmente casada, harta de esperar que llegaras a lomos de un caballo y con la espada haciendo un tirabuzón sobre tu fleco mal cortado”.

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Taquicardia

Nenito me acaba de avisar de que entrevistan a Viggo Mortensen mañana, vía digital, en El Mundo. Por tanto, ese hombre está en Madrid, luciendo fleco irregular y labio partido, desde esta misma noche. Al alcance de mis cibernáuticos dedos mañana a las 11 hora canaria …  Con todas esas suertudas del Mundo babeando junto a su teclado, pronostico venenosa, mientras naufragan en sus ojos del color del acero.

Maldita sea mi suerte, una vez más.

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Desmembramiento

No les digo por dónde saqué a la abuelita porque seguro que no reeditarán el cuento.

Pero sí les informo que que ya me avisó mi madre antes de que todo ocurriera. De que no quisimos escucharla, cuando ella nos advirtió de que aquella venerable octogenaria era muy capaz de lanzarse en plancha sobre aquel stripper tan parecido a Viggo Mortensen.

- Antes que nada, la abuela es una grupi – nos recordó mi madre, severa, a mitad del proceso de elaboración de su mayonesa casera y con la espumadera chorreante en una mano- Corrió una maratón detrás del coche de George Harrison cuando vino a España y se presentó en la suite de hotel de Keith Richards con sólo tres nubes de nata encima.  

Demasiado tarde recordamos sus palabras. Exactamente, en el momento en que la abuela se debatía entre tres forzudos en esmoquin y el stripper se derramaba en el piso de aquella discoteca de lujo, brutalmente despojado de su tanga de leopardo y de un buen trozo de su masculinidad.

Como mayonesa, algo parecido a espuma hidrofóbica enmarcaba la dulce y ajada boquita de la abuela, pintada de un inofensivo rosa palo.

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Malqueda

El día de ayer fue importante para mí por dos razones básicas: se cumplía el primer aniversario de la muerte de Lola Campos-Herrero y Viggo Mortensen trasponía la barrera de los cincuenta octubres.

Al matasombras de Lola llegué apurada, al trote desde doce horas de trabajo en Casa África y cruzando un cachito de ciudad y de noche templada. Tarde, como es habitual, porque como bien indica Yeya, las horas del día no se me estiran entre las manos como suave plastilina.

Leí dos textos de Trini todavía sin resuello y a segundos de que Michel pusiera punto final al memorial, con unos piropos a Lola y de Lola. Precisamente, entre otros, a Viggo Mortensen.

Dejé atrás a Marc, subiéndose a las paredes en casa, porque no llegaba, ni llamaba y le acosan los fantasmas familiares solo en casa. Así que abandoné a Judith, Alexis, Berbel, Luis León Barreto, Rosario Valcárcel, Carlos Álvarez (al que casi derribo al entrar en tromba en el Cuasquías), Juan Carlos de Sancho, Santiago Gil, Antonio Becerra y otros colegas, algunos abonados a una cerveza en la terraza, objetivo de los mosquitos más belicosos de la isla, para abrazarle.

No llevé algo propio encima que desgranar en nuestra cita con el recuerdo de Lola, esa mujer que nos dejó a todos huérfanos de cariño y guía y esa escritora que llegaba a su mejor momento cuando se la llevó la muerte. Algo que -en mi caso, opino- debería honrar también a la figura de Viggo, ese hombre de belleza peculiar y asimétrica y carisma que engancha como el chocolate lindt.

Tarde, hoy, y si la inspiración y Cadena Ser lo permiten, escribiré unas líneas en honor a los dos desde este teclado. No es una promesa, porque tengo un algo de malqueda que me previene de hacerlas. Es más bien un deseo de tributo que espero convertir en realidad en las próximas horas.

En cualquier caso, no puedo cerrar esta entrada sin repetir una vez más en voz alta “te extraño tanto, Lola” y sin imaginar, una vez más, cómo sabrá la boca partida y fina de mi Viggo.

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Obsesionada todavía con las nalgas de Ru Paul, me siento ante este teclado.

Desde aquí escucho ducharse al Hombre, mientras canta algo en francés, y miro cariñosamente al piso lleno de huellas de Diego hechas con saliva y galleta/queque. Sobre mi sofá de invitados, desplegué orgullosamente los regalitos que me hicieron ayer: la flamante moleskine, las camisasde Natura, el uniforme sexy para Casa África, las cositas de Kanerótica y de Body Shop y la foto hábilmente trucada por Ivana en Photoshop, en la que el Hombre desaparece bajo la planta de un cariñoso Viggo Mortensen que me achucha. 

Hablando del Hombre, acabo de frotarle la cara dulcemente con una crema que me regalaron Amaia y Dia, con un delicioso olor a frutas del bosque y que -no me di cuenta- está llena de purpurina. Ahora parece que acaba de salir él mismo de las bambalinas de la gala drag, con la cara resplandeciente, justo cuando se prepara para irse a una boda de testigos de Jehová.

Y hablando de Diego, creo que me sirocó la minicadena con sus bailes aeróbicos, sus cambios de CD y sus empujones a los altavoces. También que me mordió todas las naranjas de la casa. Y que me hizo una media mudanza de garrafas, cepillo de barrer y otras cosas que voy descubriendo por las esquinas, de habitación a habitación. Aunque me da igual, porque no tengo corazón para regañarle ni decirle nada al niño más curioso, lindo y móvil de toda la galaxia.

Con legañas en los ojos y una indigestión de chocolate, mando besitos a todos los que pasaron ayer por aquí y a los que no pudieron gozarse la fiesta Benetton, desde Viggo, el Avatareño y la Atareca a Juan Perera, Trini, Ruymán, Kabila, Anna Alberto o Jesús, pasando por Elsa, Pachi, Noe, Ñito, Diego, Amaia, Dia, Nenito, Yeya, Noe, Edu, Ivana, Leandro y Diego.

A recuperarse con Goran Bregovic, que éste va a ser un gran año :)

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Posiblemente, de los 365 días del año, el de hoy es mi favorito. Mi día perfecto; la ilusión hecha minuto, segundo, hora.

Esta noche, sobre todo, es la noche del lingotazo de ron en un callejón entre risas cómplices, del regalo sorpresa perfecto casi imperceptible en un puesto de la feria de la artesanía, de la canción saltada en San Telmo, del encuentro fugaz con el amigo querido en pleno guirigay de baratijas sobre traperas y bolsas cargadas con regalos, del callo peleón clamando por un reposo dentro de la bota tras cuatro pisotones y tres horas deambulando por Triana.

Supongo que si exceptuamos el mes de febrero en pleno, que me encanta en general por mi cumpleaños y las desgracias que San Valentín conlleva, si me tuviera que quedar con un día del año, me quedaría con la previa de los Reyes. No con los Reyes, que suelen decepcionar y saber a poco, después de tanta espera y tantas ganas. Sí con la expectativa, la emoción de esconderte de alguien para buscarle algo que le llene de chispitas los ojos, el mimo de envolver paquetes apresurados, los cafés que se calzan entre expedición al centro comercial y encuentro con un tercer amigo que te ayuda o al que ayudas a perpetrar un regalo, … el ejercicio de ponerte en la piel del otro y adivinar la cara de sorpresa que vas a poner con el obsequio que tú misma estás buscando.

La previa de Reyes es mágica porque te sientes como infestada por un extraño virus feliz y porque todavía no has descubierto que te van a regalar un best seller de Dan Brown y que no vas a acertar con tu regalo a otro y su ilusión va a acabar hecha añicos en el piso.

Sinceramente, pienso que siempre la emoción de los preparativos de la víspera tiene más interés que la cosa en sí. Ya sea con una cena romántica, un cumpleaños, un Nobel, … ya decía Punset que la felicidad está en la sala de espera de la felicidad.

Hoy saboreo, con el pelo revuelto tras una velada con Mariví Cabo y con juegos de mesa en casa de Yeya, los primeros compases de un día prometedor y excitante.

Por lo bajo, tarareo una especie de twist de Goran Bregovic en la banda sonora de Underground y meneo cadera al tiempo que tecleo. Mi balcánico favorito aterriza en el auditorio con un cargamento de vientos, gitanos y canciones para funerales y bodas en el mes de febrero. El regalo de cumpleaños que no habría atrevido a pedir ni en mis sueños más salvajes.

Ahora sólo queda que Claudio Utrera harimaguade a Viggo Mortensen y que un día nieve en Las Palmas de Gran Canaria, a ser posible también en febrero y mientras me recupero de mi fractura de cadera post-Bregovic, para saber a ciencia cierta que existen los milagros y que estoy en éxtasis, babeando en la sala de espera de la felicidad y sin necesidad de abrir la puerta a la dicha completa.

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La tecnofiera

Quisiera yo que alguien me explicara por qué los hombres se ponen tan bobitos con cualquier cosa que arrastre un cable o tenga la tripa llena de microchips. Y afirmo, airada, que no existe nada como un ipod, un móvil de última generación o una playstation para que entren en modo catatónico, con la boca haciendo aguas ante la visión de unos cuantos botones estratégicamente dispuestos. Ni los pezones de la Sharapova les motivan tanto como el folletito rojo de Mediamarkt y precisamente por allí se les puede ver -sin rumbo, perdidos y en el lodo-, dando tumbos por los pasillos como extras en una película de zombis.

Todo esto para explicar que lo primero que se mudó, con el Hombre, a mi casa, fueron su home cinema y su pantalla de plasma.  Que batallo para que no me llene el salón con cachivaches, tras apostar las cuatro columnas negras del primero en las esquinas de mis muebles y situar una especie de cajón flamenco que parece denominarse subguofer frente a mi televisión. Que conseguí que dejara su plasma, una especie de tanqueta catódica del tamaño de una cría de elefante, en la azotea … aunque mi victoria se barrunta breve y él suena peleón si se menciona el asunto. Que me sacó de la caja la minicadena que me regalaron los ex- compañeros de trabajo casi de madrugada y la montó con la habilidad con que Viggo Mortensen se camela a un caballo. 

Y que, por supuesto, a mí me llama tanto la tecnología -en líneas generales- como la posibilidad de que me practiquen una trepanación con una cucharilla para postres ystad de Ikea. Sin anestesia.

Me temo, sin embargo, que el que peor se ha tomado la tecno-obsesión del Hombre en los últimos tiempos es Nenito, atrapado como mosca pataleante en tela de araña, al sentarse en mi sofá rojo pasión, justo entre el Hombre y Eduardo. Mientras Yeya, Anna y yo charlábamos en la mesa de scrabble, un Minuto y Resultado mortal de necesidad se apoderaba de mi pantalla el domingo. Allí estaba él, como la rata frente a la culebra, tiesito, con las gafas casi empañadas de dolor y a un paso de la tontura. Y supe, con verle la expresión agónica, que la tecnología es mala y que, al decirle sí al home cinema, he abierto mi puerta a la madre de todas las cibertinieblas.

pd. Aprovecho esta entrada para agradecerles todos los comentarios e informarles de que el primer día de trabajo ha sido intenso, duro y muy interesante. Que se me pasó el día volando. Que los compañeros parecen muy buena gente y mi despacho da a un muro azul precioso y un patio, mientras a mi espalda queda una calle tranquila, de zona estudiantil y barrio chico. También aprovecho para dar las gracias a todos mis excompañeros por el cariño y la despedida y les mando millones de besos agotados.

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