Posiblemente, de los 365 días del año, el de hoy es mi favorito. Mi día perfecto; la ilusión hecha minuto, segundo, hora.
Esta noche, sobre todo, es la noche del lingotazo de ron en un callejón entre risas cómplices, del regalo sorpresa perfecto casi imperceptible en un puesto de la feria de la artesanía, de la canción saltada en San Telmo, del encuentro fugaz con el amigo querido en pleno guirigay de baratijas sobre traperas y bolsas cargadas con regalos, del callo peleón clamando por un reposo dentro de la bota tras cuatro pisotones y tres horas deambulando por Triana.
Supongo que si exceptuamos el mes de febrero en pleno, que me encanta en general por mi cumpleaños y las desgracias que San Valentín conlleva, si me tuviera que quedar con un día del año, me quedaría con la previa de los Reyes. No con los Reyes, que suelen decepcionar y saber a poco, después de tanta espera y tantas ganas. Sí con la expectativa, la emoción de esconderte de alguien para buscarle algo que le llene de chispitas los ojos, el mimo de envolver paquetes apresurados, los cafés que se calzan entre expedición al centro comercial y encuentro con un tercer amigo que te ayuda o al que ayudas a perpetrar un regalo, … el ejercicio de ponerte en la piel del otro y adivinar la cara de sorpresa que vas a poner con el obsequio que tú misma estás buscando.
La previa de Reyes es mágica porque te sientes como infestada por un extraño virus feliz y porque todavía no has descubierto que te van a regalar un best seller de Dan Brown y que no vas a acertar con tu regalo a otro y su ilusión va a acabar hecha añicos en el piso.
Sinceramente, pienso que siempre la emoción de los preparativos de la víspera tiene más interés que la cosa en sí. Ya sea con una cena romántica, un cumpleaños, un Nobel, … ya decía Punset que la felicidad está en la sala de espera de la felicidad.
Hoy saboreo, con el pelo revuelto tras una velada con Mariví Cabo y con juegos de mesa en casa de Yeya, los primeros compases de un día prometedor y excitante.
Por lo bajo, tarareo una especie de twist de Goran Bregovic en la banda sonora de Underground y meneo cadera al tiempo que tecleo. Mi balcánico favorito aterriza en el auditorio con un cargamento de vientos, gitanos y canciones para funerales y bodas en el mes de febrero. El regalo de cumpleaños que no habría atrevido a pedir ni en mis sueños más salvajes.
Ahora sólo queda que Claudio Utrera harimaguade a Viggo Mortensen y que un día nieve en Las Palmas de Gran Canaria, a ser posible también en febrero y mientras me recupero de mi fractura de cadera post-Bregovic, para saber a ciencia cierta que existen los milagros y que estoy en éxtasis, babeando en la sala de espera de la felicidad y sin necesidad de abrir la puerta a la dicha completa.
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