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Alocrónica

La vida es así: piensas que eres una buena persona, llena de buenas intenciones, que intentas hacer las cosas lo mejor posible, que lidias con tus prejuicios para mantenerlos a raya … y entonces llega Fernando Estévez y te destroza el chiringuito.

Estévez charló ayer en Casa África sobre el prejuicio occidental para comprender el fetiche, el malentendido entre culturas y nuestra incapacidad para intentar si quiera entender al diferente, la afirmación de la propia identidad basada en la diferenciación con el otro, el alocronismo, las perversiones del etnocentrismo, la falta de rigor de la antropología desde sus inicios hasta la actualidad, cómo todo es política en esta vida, la falsedad de las teorías sobre las que se sustenta el nacionalismo canario y su cercanía a los presupuestos del racismo y, finalmente, la concepción del inmigrante como excusa para estudios, subvenciones y un multiculturalismo de charanga y pandereta.

Me pareció un auténtico revulsivo para la conciencia, además de una charla fascinante y llena de datos e interés.

Al salir, pensé en cómo cambiar mi manera de pensar y actuar, en cómo reflexionar un poquito antes de elaborar un juicio de valor decente, en cómo desechar prejuicios (exceptuando las animadoras del Granca, Jiménez Losantos y otros personajes y perdón por ponerlos a todos en la misma línea de texto).

Y me aterrorizó  la idea de que quizás he intentado alocronizar a Marc y reafirmarme en mi supuesta canariedad precisamente a través de su marfileñización. Tuve un rato de zozobra al borde de las diez de la noche, pero luego he pensado, mientras escalaba una cuesta rumbo a la parada de los bobos y con Ramata entre los brazos, que lo que nos hace diferentes no es sólo el color de nuestras pieles …

Son el género, la edad, el fútbol, AC/DC y Carlos Baute, la forma de preferir el pescado, el provenir de diferentes familias, las reuniones con los Testigos de Jehová, la educación con las salesianas, nuestras respectivas historias sentimentales, la lectura, etc. etc. etc.

Suficiente, supongo, para crear dos universos únicos, quizás incompatibles a veces y hasta casi radicalmente opuestos.

Desmembramiento

No les digo por dónde saqué a la abuelita porque seguro que no reeditarán el cuento.

Pero sí les informo que que ya me avisó mi madre antes de que todo ocurriera. De que no quisimos escucharla, cuando ella nos advirtió de que aquella venerable octogenaria era muy capaz de lanzarse en plancha sobre aquel stripper tan parecido a Viggo Mortensen.

- Antes que nada, la abuela es una grupi - nos recordó mi madre, severa, a mitad del proceso de elaboración de su mayonesa casera y con la espumadera chorreante en una mano- Corrió una maratón detrás del coche de George Harrison cuando vino a España y se presentó en la suite de hotel de Keith Richards con sólo tres nubes de nata encima.  

Demasiado tarde recordamos sus palabras. Exactamente, en el momento en que la abuela se debatía entre tres forzudos en esmoquin y el stripper se derramaba en el piso de aquella discoteca de lujo, brutalmente despojado de su tanga de leopardo y de un buen trozo de su masculinidad.

Como mayonesa, algo parecido a espuma hidrofóbica enmarcaba la dulce y ajada boquita de la abuela, pintada de un inofensivo rosa palo.

Dos breves apuntes culturales antes de lanzarme en plancha a por mi sofá color picota rozagante.

Aviso que tengo sueño, hambre, empacho de Moratinos y una red de contracturas y nudos trepándome desde las blandas nalgas hasta los tiernos lóbulos de las orejas. También tengo unas verduras a la sal, rociadas con aceite de oliva virgen, calentándose en el horno. Tengo un bonito libro que empezar, con vistas a una reseña y firmado por Judith Bosch Molina en persona. Tengo un marido que vuelve del puerto con hambre también y con pintura hasta en el tuétano del coxis.

Y tengo, finalmente, que clamar que Teolinda Gersao es una escritora maravillosa, que me encanta su libro El árbol de las palabras, que llevo un par de semanas de vuelta en Mozambique y que tomaría un vuelo a Maputo con lo puesto y una sonrisa del tamaño del Canal que separa ese lindo país de la fascinante isla de Madagascar.

Por su parte, El árbol de las palabras tiene unas descripciones precisas y poéticas, un ritmo pausado, delicioso, y unas imágenes muy hermosas. Habla de la vida en Mozambique cuando era colonia portuguesa, Lourenço Marques, y contrapone el calor, la vida, la sabiduría, el mar, los colores, el sexo y hasta la magia turbadora, la pobreza y el racismo a la grisura triste de Lisboa, de una metrópoli bajo la dictadura doble de un gobierno despótico y una moral pacata, absurda. Y que Mozambique siempre gana.

También repito mi comentario a Yeya sobre dos de mis anticristos personales: el Carita de Guanche y el Pequeño Cruise. Me gustaron en Quemar después de leer y Tropic Thunder respectivamente. Sobre todo, porque no van de protagonistas absolutos y porque no parecen ellos: se alejan totalmente de las boberías que han perpetrado con frecuencia cuando van de divos o sex symbols. Muy graciosos los dos, reconciliantes.

Finalmente, que acabo de adquirir un bonito libro de Lonely Planet sobre África que me va a destrozar la existencia, seguro, con deseos incompatibles con mi realidad, marcada por una hipoteca y una crisis. Y Ramata, una novela negra senegalesa, que pienso disfrutar tanto como Little Senegal, preciosa película también a medio camino entre Senegal y Nueva York, que nos gozamos Marc y yo la semana pasada.

El microrrelato sigue sancochándose en sus propios fluidos mientras dormito al borde de este teclado. Llegará, espero.

Malqueda

El día de ayer fue importante para mí por dos razones básicas: se cumplía el primer aniversario de la muerte de Lola Campos-Herrero y Viggo Mortensen trasponía la barrera de los cincuenta octubres.

Al matasombras de Lola llegué apurada, al trote desde doce horas de trabajo en Casa África y cruzando un cachito de ciudad y de noche templada. Tarde, como es habitual, porque como bien indica Yeya, las horas del día no se me estiran entre las manos como suave plastilina.

Leí dos textos de Trini todavía sin resuello y a segundos de que Michel pusiera punto final al memorial, con unos piropos a Lola y de Lola. Precisamente, entre otros, a Viggo Mortensen.

Dejé atrás a Marc, subiéndose a las paredes en casa, porque no llegaba, ni llamaba y le acosan los fantasmas familiares solo en casa. Así que abandoné a Judith, Alexis, Berbel, Luis León Barreto, Rosario Valcárcel, Carlos Álvarez (al que casi derribo al entrar en tromba en el Cuasquías), Juan Carlos de Sancho, Santiago Gil, Antonio Becerra y otros colegas, algunos abonados a una cerveza en la terraza, objetivo de los mosquitos más belicosos de la isla, para abrazarle.

No llevé algo propio encima que desgranar en nuestra cita con el recuerdo de Lola, esa mujer que nos dejó a todos huérfanos de cariño y guía y esa escritora que llegaba a su mejor momento cuando se la llevó la muerte. Algo que -en mi caso, opino- debería honrar también a la figura de Viggo, ese hombre de belleza peculiar y asimétrica y carisma que engancha como el chocolate lindt.

Tarde, hoy, y si la inspiración y Cadena Ser lo permiten, escribiré unas líneas en honor a los dos desde este teclado. No es una promesa, porque tengo un algo de malqueda que me previene de hacerlas. Es más bien un deseo de tributo que espero convertir en realidad en las próximas horas.

En cualquier caso, no puedo cerrar esta entrada sin repetir una vez más en voz alta “te extraño tanto, Lola” y sin imaginar, una vez más, cómo sabrá la boca partida y fina de mi Viggo.

El próximo lunes, 20 de octubre de 2008, a partir de las 20:30, el Matasombras literario de la sala Cuasquías (San Pedro, 2) reabre sus puertas para la celebración del II Memorial Dolores Campos-Herrero, consistente en una jam session de microrrelatos originales con la cual se pretende honrar la memoria de esta excelente autora, que destacó especialmente en este campo. Con este acto, Matasombras se suma a los homenajes que tendrán lugar en este primer aniversario de su prematura desaparición.

En el acto, cuyo desarrollo tendrá carácter improvisado, leerán microrrelatos (piezas narrativas de, como máximo, unas trescientas palabras) Marisol Campos-Herrero, Antolín Dávila, Juan Carlos De Sancho, Carlos Álvarez, Luis León Barreto, Rosario Valcárcel, Carlos de la Fe, Eduardo González Ascanio, Emilio González Déniz, Judith Bosch Molina, Santiago Gil, Dobrina Gospodinoff, Silvia García, Pepe Olivares, Michel Jorge Millares, Antonio Becerra y Alexis Ravelo, entre otros. Además, la organización invita a todos aquellos autores que lo deseen a participar en el evento con piezas literarias de estas características.

Y vendrán …

“La Unión (Europea), más que los Estados miembros y precisamente porque carece de la visión en profundidad y de la riqueza humana que constituye la esencia de una nación, tiene una concepción estrictamente administrativa, burocrática, del extranjero en general y del inmigrante en particular, y lo que es peor, una percepción utilitarista del refugiado que solicita asilo. Sólo concibe al inmigrante en el marco de las relaciones de la oferta y la demanda. La dimensión humana, sin la que no es posible comprender los flujos migratorios, es para ella secundaria aunque, oficialmente, se preocupe de recordar sus valores fundadores”. (Sami Nair)

Blog Action Day

Hoy me levanté con el ñoño gordo del pie derecho dolorido. Me tomé mi leche con gofio, como la mismísima Letizia, y me encaminé al trabajo para otro día largo, plagado de actividades extraescolares y deberes impostergables en la oficina.

Aprovecho la ocasión para informar de que lo del ñoño viene a que sufrí un bonito accidente laboral esta misma semana y procedo a explicarlo, cual viejita abonada al centro de salud y especialista en describir procesos intestinales, implantaciones de prótesis y otras lindezas.  

El lunes bajaba por el parque de las cucas, hecha un pincel con mis inmaculados pantalones C&A regalo de Marc y pensando en una primitiva que me sacara el yugo de la hipoteca, en vez de fantasear con viajes a Divo o una noche de pasión bajo una jaima en Guayedra, por ejemplo.

Tan concentrada iba que resbalé, hice un pino puente en el aire y acabé aterrizando sobre una de las uñas que me pintó amorosamente Karina en La Isleta, de un rojo encendido y con una flor de purpurina en una esquina. Acabé en Mapfre, con cinco pinchazos de anestesia triplicándome el tamaño del famoso ñoño y sin la mitad de la flamante uña.

Sentada en mi camilla, ñanga perdida, mientras esperaba a que me arrancaran mi uñita fracturada, pensé en lo pobre que soy, imaginando primitivas descomunales y el final de la vida laboral en un chiringuito de Broome, Australia. Aunque también preciso que todos tenemos derecho a soñar y que los chiringuitos australianos, donde los mangos son más dulces y el mar más aturquesado, tienen un poder de sugestión incuestionable.

Lo cierto es que, botada en aquella camilla, tuve tiempo de pensar en toda la gente a la que no sólo arrancan uñas, si no hasta miembros sin anestesia, a pelo.

Y que de ahí pasé a todos los que parecen llevar la estrella judía tatuada en la frente, en unos tiempos en los que el nazismo arrecia. A los que no tienen acceso a medicinas, a vacunas, a vida. A aquellos que no pueden ir al colegio. A los que no comen, buscan alimento en la basura o beben agua impura y enferman. A los que pueblan las pateras. A los que no existen. A los que sobreviven a unas pensiones ridículas o no encuentran trabajo ni sitio en los tiempos modernos. A los que no pueden soñar con nada.

Esos pensamientos no me hicieron mejor ni menos ñanga, botada en aquella camilla y con media uña colgando, pero quisiera plasmarlos aquí mientras todavía late la susodicha. Hoy celebramos el Blog Action Day y, aunque no nos haga mejores ni menos ñangas, se debe hablar de los que tienen menos suerte que una.

Supongo que todo suma, que algo es algo. Que no se arregla el mundo con un concierto de Bono ni con un día de la acción bloguera, pero que hay que caerse sobre una uña de vez en cuando para pararnos y mirar alrededor con ojos nuevos, sin primitivas, trapos, dietas y demás.

Verdes celos

La mujer que había dentro de mí se reveló con la aparición de los celos.

Antes de que ellos me dominaran, Él era sólo mío. A su lado me sentía una niña traviesa, capaz de compartir todos sus juegos. En el mundo sólo existíamos los dos: él sólo tenía ojos para mí, resplandenciente en una nube de polvo de oro. Yo era su pequeña diosa alada en minifalda, su compinche, su confidente, la cómplice en todas sus locuras.

Hasta que llegó ella, con sus tirabuzones rubios y su cara de no haber roto un plato en la vida.

Fui muda hasta el día en que la pasión me pudo y escupí su nombre (¡Wendy!) en el primer acceso de cólera que turbó la paz del país de Nuncajamás.

Héroes de marfil

Brevísima entrada para comentar que Juanma Pardellas tiene blog y que he visto la firma de Pepe Naranjo en El País de hoy. Pura justicia poética en acción: dos personas como la copa de un pino, excelentes profesionales, firmas reconocidas y, sobre todo de nuevo, buena gente, firmando al máximo nivel.

Orgullosa de su ejemplo (y del de otra gente como Nico Castellano, Juan García Luján y otros pedazos de periodistas que realizan una labor excelente y que me devuelven el amor por los medios y la esperanza en el futuro), me despido para ver qué se sancocha en los Relatos en Cadena. Para buscar un comienzo para un nuevo microrrelato.

El cuento verdadero

La madrastra conoció al sapo en una de sus frecuentes visitas al pantano, un lugar que ella encontraba perfecto para pensar a solas y recoger semillas para su colección de plantas curativas. 

Se compadeció de él, al verlo contrahecho, verrugoso y con mirada infeliz, tan solitario sobre una roca. Lo tomó entre sus manos y lo coló en su enorme mochila de terciopelo morado, dispuesta a hacerle un hueco en su terrario.

Al llegar a su palacio, la madrastra no informó a nadie de su hallazgo.

Sabía que las muchachas de la zona andaban revueltas por culpa de una leyenda que vinculaba a los sapos con la realeza. Algún bromista se dedicaba a pregonar que besar a un sapo convertía al batracio en un príncipe resplandeciente, que toda soltera del Reino que buscara apaño matrimonial debía intercambiar fluidos con un anfibio de este tipo.

La madrastra sabía que se trataba de una burda mentira, pero también era consciente del clima de histeria que se propagaba por campos y montañas.

No quería que exprimieran a su nuevo amigo hasta la muerte ni que los labios de todas sus sirvientas y hasta de sus -aparentemente emancipadas- hijas rozaran la piel del pobre bicho, así que lo ocultó bajo una piedra de aspecto insulso, en el fondo del terrario.

Un día, sin embargo, sucedió lo inevitable: el sapo salió de su escondite, desprevenido, justo en el momento en que una de las criadas hacía la cama de la madrastra.

Era una chica de pueblo, más bien simple y muy desesperada, la que se encontró con el batracio aquella mañana.  Amelia, que así se llamaba la muchacha, lo miró con incredulidad fascinada durante unos minutos, antes de que una especie de resorte invisible la propulsara de un salto prodigioso hasta donde se encontraba el animal y lo cazara entre sus manos.

Iba por el cuarto lametón libidinoso cuando les sorprendió la madrastra: el desconcertado sapo cayó al suelo y Amelia, avergonzada, enrojeció de humillación.

Justo en aquel momento, cuando el sapo se rehacía del ataque, con aire ofendido, y recuperaba la plena posesión de su cuerpo globoso y triste, pasó por la habitación un mosquito zumbón, distraído, elocuente.  

En un visto y no visto, apenas apreciado por el rabillo del ojo, la madrastra comprobó que la larga lengua del sapo daba un latigazo en el aire y se llevaba por delante al mosquito, ahora muda ración de proteínas.

-Si supieran que a quienes hay que besar de verdad es a los mosquitos- suspiró la madrastra, recogiendo del piso al sapo y tachando mentalmente al príncipe Klaus de su lista de partidos embrujados.

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