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Y así termina …

Regresó inesperado, armado con un pasaporte francés que rompió en cachitos nada más pisar suelo marfileño, ante la mirada atónita de los estibadores del puerto. Se fue directo desde Abiyán al pueblo, subido en el volquete de un viejo camión destartalado, cargado de manos de banana y sacas de arroz chino.

Nada más llegar, se fue directo a la casa de la que fuera su novia y allí le informaron de que era la mujer de otro.

En un impulso que le traía en sus alas desde Francia, se fue directo a la casa del comerciante y allí sus ojos se posaron en los hijos de su antiguo amor, jugando en la arena del patio. Ella molía el arroz silvestre en el mortero, con un paño envolviéndole los rizos y los brazos cargados de pulseras de cuentas. Era exactamente la misma que cuando él partió, aunque una fina arruga se le dibujaba, pensativa y amarga, entre las cejas.

Simplemente se miraron.

Ella se fue, dejando el mortero y los hijos detrás, para recomenzar su vida con el veterano de guerra.

El padre se levantó, lanzando un quejido por mor de la rodilla quebrada, y avanzó despacio hacia la casa, dejándolo sumido en sus pensamientos. Aquel día lo vio tal como era: no un maestro temible que sabía todas las respuestas o el deportista ufano, casi invencible, que había conquistado a su madre bailando rumbas y chachachás en los guateques de su juventud. Era sólo un hombre mayor, cansado y defraudado por la vida y por sus propias elecciones. El peso de las esperanzas rotas se enganchaba a sus hombros para lastrarle los pasos.

Lo percibió como una copia de su abuelo en los últimos tiempos, cuando se perdía por los senderos de la selva para buscar hierbas y hablar con los espíritus, cada vez más empequeñecido y sutil, como si se estuviera transformando en un misterioso fantasma él mismo. Una persona tan mayor que no soportaba ya la carga de los recuerdos, buenos y malos, y que un día se fue al pueblo para dejarse morir, sin cruzar una palabra más con nadie y reducido casi a una miniatura de sí mismo.

Aun así, el viejo sentía debilidad por su nieto mayor y aprovechaba las noches para contarle en susurros historias sobre el joven alto, fuerte y decidido que fue y sobre su temeridad al abandonar a su mujer en el pueblo para ir a la guerra en Francia.

Ella se casó con otro, segura de que a él le habían partido aquel pecho poderoso con tres disparos. Incluso engendró hijos para el nuevo marido, un comerciante amable y sin otra aspiración en la vida que tener una familia inabarcable.

Laurent pareció sumirse en sus propios pensamientos, con la tostada suspendida a medio camino de su boca. Me pregunté qué habría vivido para parecer, de repente, tan sombrío, inconsolable.

-La vida en el norte es dura –continuó, de repente, sobresaltándome- Precisamente por eso muchos se sumaron a la rebelión. Ouattara les dijo que en el sur nadie los quería. Por musulmanes, por extranjeros. Es tierra diula. Muchos senufos o gente de otras etnias del norte se denominan diula, pero los diulas son en realidad los hijos de emigrantes burkineses o malienses o de Guinea. Muchos de ellos están llenos de resentimiento. Hay un 20 por ciento de extranjeros en Costa de Marfil. Quieren tener los mismos derechos que los marfileños, es normal. Hay gente que ha vivido en mi país más de veinte años, toda la vida, pero siguen siendo extranjeros. Hay otros que compraron los papeles y la nacionalidad a policías corruptos.

Me miró fijamente antes de acabar.

-Es duro ser extranjero –concluyó casi en un susurro.

Como cada otoño (y con un poco de retraso sobre la fecha habitual) Matasombras convoca el V Memorial Dolores Campos-Herrero, Jam Session de Microrrelatos.

Se trata de un acto público efímero y ameno, espontáneo y poco solemne en el  que, anualmente, autores y autoras de todas las edades y estilos, tanto noveles  como experimentados, se reúnen para una lectura de minificciones, con orden  improvisado, para celebrar, a un mismo tiempo, el cuento pigmeo y la memoria de  Dolores Campos-Herrero, destacada  escritora fallecida el 20 de octubre de 2007.

En esta ocasión,  la cita será el 7 de noviembre de 2011, a las 20:30 horas, en la  sala Cuasquías de Las Palmas de Gran Canaria (San Pedro, 2).

Dolores  Campos-Herrero, además de como periodista y escritora, se distinguió por su decidido apoyo a los nuevos autores. Por eso, uno de los objetivos principales de este Memorial es el descubrimiento de nuevas voces, de microrrelatistas emergentes que vengan a sumarse a quienes ya atesoran cierta experiencia en el campo de la minificción.

Te invitamos, si eres microrrelatista, a participar con tus propias creaciones. Ni siquiera es necesario que avises previamente: preséntate allí con tus textos y apúntate a  los turnos de lectura.

El Memorial  Dolores Campos-Herrero pretende ser un acto de lectura improvisada y poco solemne, pero eso no quiere decir que deseemos un acto desorganizado y poco ameno, así que, basadas en la experiencia de ediciones anteriores, las convenciones
que se adoptarán este año serán las siguientes:

1. Entenderemos por microrrelato una obra de  ficción en prosa, de temática libre, con argumento independiente y
autosuficiente, que utilizará el mínimo posible de palabras
(a los efectos de esta convocatoria se aceptarán textos con un máximo de 250 palabras, pero, en todo caso, se ruega a los autores que prefieran los textos más breves a los más extensos).

2. La participación será individual. Esto es: no se admitirá la asistencia en nombre de instituciones, agrupaciones,
asociaciones, colegios o cualquier otro ente de naturaleza colectiva. Cada participante asistirá a la jam session como persona individual y de este modo  defenderá su texto.

3. No se admitirán preámbulos ni epílogos a los microrrelatos (cada texto deberá explicarse por sí mismo), discursos o
cualquier otro tipo de intervención que no sea la lectura de microrrelatos
,  excepción hecha de la presentación y la despedida del acto y las intervenciones  de los moderadores, en caso de que sean necesarias. Tampoco serán admitidas
lecturas de textos de otros autores diferentes a las personas que los leen, salvo en el caso de permiso expreso del autor de aquéllos para su lectura en la convocatoria.

4. El acto comenzará y finalizará con la lectura de microrrelatos de Dolores Campos-Herrero, por parte de sus familiares, o de
aquella persona o personas que estos designen.

5. Cada turno de intervención constará de un solo  microrrelato, pero no existe un número máximo de turnos de intervención. Una vez realizada una primera ronda de lecturas, cada autor o autora podrá volver a intervenir cuantas veces le parezca oportuno hasta la finalización del acto.

6. Se entiende que por el  hecho de participar en la convocatoria, los autores y autoras acatan tácitamente estas convenciones.

Las únicas cosas  serias del evento, serán esas seis convenciones. Por lo demás, esperamos  contar, como otros años, contigo y con tus textos.

Los comienzos

Empezamos a salir en mayo, aunque no recuerdo la fecha exacta.

Como Laurent no tiene costumbre de celebrar aniversarios ni cabeza para recordarlos, suele bromear diciendo que nuestra primera cita coincidió con el anuncio del Banco de Desarrollo Africano de que regresaba a Abiyán, tras años exiliado en Túnez por culpa de la guerra civil.

Poco importa que el Banco se retractara de sus palabras a los pocos días debido a los problemas de seguridad de Abiyán y que prefiriera quedarse en el Túnez tocado por la Primavera Árabe antes que regresar a las calles fragmentadas por los puestos de control de los dozos, deseosos de hacer caja a través de la extorsión, los robos a mano armada y los secuestros.

Los comunicados anunciando el retorno a Costa de Marfil y los desmentidos se sucedieron durante meses y acabaron convirtiéndose en una especie de macabra broma entre los abiyaneses.

A veces Laurent se siente más creativo o provocador o misterioso y afirma que empezamos a salir cuando comenzó a funcionar la Comisión de la Verdad y la Reconciliación o cuando mandaron a Gbagbo al Tribunal Penal Internacional o cuando Ouattara leyó su primer discurso ante la ONU.

En cualquier caso, aprendí a convivir con esa indefinición y jamás me preocupé por fijar una fecha para nuestro aniversario. Planeábamos nuestros cumpleaños como si fueran funerales e intentábamos pensar que todas las fechas eran dignas de celebración sin estábamos juntos.

Blogs con gofio

Hace ya un par de semanas que tuvimos Blogs&Gofio, el número 34 a estas alturas. Esther lo cuenta estupendamente en su blog.

La Atareca cuelga foto, en la que nos nomina empezando por la izquierda: Ernesto R. Ageitos, Ruymán Jiménez, Víctor Ruiz, Fátima Pérez Guerra, Luis Azcona, Ángeles Jurado, David Macías, M. Carmen G. San Miguel, Ángela Carrero y Ángel Quintana. En la foto faltan Héctor Cardeñosa, que se tuvo que ir antes, Akram Muti, que vino después, y la propia Esther, que retrataba el momento.

Lo cierto es que de 34 sólo he podido personarme en dos y de los presentes sólo conocía y reconocía a la Atareca, Nenito, Ruymán, Víctor y Luis. Sin embargo, la tropical estaba deliciosa, imaginaba una ficción en la que era soltera y entera de nuevo y la conversación fue muy interesante: desde la pifia de la blackberry al spoiling de Castle, pasando por la influencia de facebook y twitter en los blogs.

De la noche me quedo con la reflexión de Atareca, que opina que la gente que es cafre fuera de tuiter, también lo es dentro. A mí me da el pálpito de que el que es genioso en la vida real, pero lo sobrelleva con disimulo, se desarreta cuando pisa tuiter. Algo que no sucede en facebook no sé por qué. Parece que el tuiter saca la fiera o el grupi que uno lleva dentro y los roces en 140 caracteres son más habituales.

Que la gente se olvida de que está en una plaza pública virtual y de que poner el nombre de usuario más una arroba en tu mensaje te expone a que el sujeto del que hablas se entere de todo lo que dices. Y es que en tuiter no hay mucho espacio para nada, incluida la sutileza.

Uno de los encantos de la terraza del Yeray, además del olor casi comestible a croasán ensopado en mantequilla caliente que lo invade gracias a la panadería de al lado, es la posibilidad de que la cruce Emilio González Déniz.

Tú estás allí tomándote un café con una amiga, tomemos por caso la dulce y culta Yeya, y ves pasar a Emilio en vaqueros, con su camisa bien planchada y su mochila cargada de tesoros, la mirada distraída y la sonrisa canalla en ristre. El colmo de la buena suerte es que él se pare para charlar contigo.

Periodista, escritor e intento de cineasta son palabras grandes y bonitas que no lo describen bien. Porque Emilio también es un archivo andante que acumula fechas, datos y anécdotas y un conversador fascinante. En apenas una pausa de café te enteras de que llevó al Nobel Vargas Llosa a coger papas en las tierras de su abuelo en San Mateo, allá por el 73; de que estuvo sin blanca y perdido en París como George Orwell y allí saludó a Marguerite Duras; de que en aquel París en el que las celebridades se atrevían a mezclarse con el resto del mundo fue convidado por un enorme Samuel Beckett a comida como premio a una partida de billar americano trucada.

Gracias a él descubro el síndrome de Jim Morrison. O lo que es lo mismo, la posibilidad increíble de que no conozcas a un famoso a pesar de que se dan todas las circunstancias para que lo hagas. Así le sucedió a él con el líder de los Doors hasta el 2000, aunque se empapó en su época de Janis Joplin, Jimmi Hendrix y todo sus contemporáneos.

Me gusta el concepto, aunque en mi caso es menos glamuroso y podría denominarse síndrome David Guetta. También me gustaría que pudiera ser algo retroactivo: se me ocurre tanta gente de la que preferiría no tener un recuerdo. Y empiezo con Karadzic, Reagan, Tatcher, Videla, Pinochet, Juan Pablo II, … y no sé dónde termino.

La nube de Lola

Hoy se cumplen exactamente cuatro años desde el día en que Lola nos dejó echándola de menos en esta esquina del Universo.

En mi caso, la noticia me atropelló en Madrid, borracha de amor a la vera del Hombre, cuando lo nuestro era pura fogalera clandestina. Victoriano fue el encargado de ponerme al corriente vía móvil, con toda la dulzura del mundo pero despertándome a un mundo sin Lola. Alexis le siguió a los minutos, desconcertado, con la voz sonando a niño que acaba de descubrirse huérfano o sin Reyes y sin mitos.  

La escapada de amor se convirtió en un rosario de lágrimas por el transporte público madrileño. Incrédula yo también, huérfana de amaneceres africanos, libros dedicados y charlas siempre amables y placenteras.  Incluso de conexión con otra gente, porque a través de Lola encontré a sus hermanas, a Eduvigis, a Silvia y a Dobrina. Y a Borges, Melville, Shua. El universo de Lola estaba lleno de gente entrañable, además de humor oscuro, de libros y de viajes.

Estoy segura de que ahora garrapatea notas en su cuaderno y marea a ratos su té humeante con la cucharilla. También de que en la nube de al ladito están Dorothy Parker y Marisa, como mínimo. Quizás la Marguerite Duras que saludó a Emilio González Déniz por una calle parisina o el Samuel Beckett que le invitó a una comida dejándose ganar al billar. O mi Gerald Durrel corfiota, pilotando un bote cargado de animales.

No creo en una vida más allá de ésta, pero de alguna forma sí que creo en que ella nos mira desde alguna nube siempre benévola y hasta en que nos llena el camino de cosas buenas.

Amélie habla

Amélie le contó que no los sintió llegar.

Ella tenía el presentimiento de que arribarían al barrio de día y reservaba las noches a acunar a Gideon, ofreciéndole el consuelo de su pecho. Dieudonné se le amarraba a la cintura y hundía la cabeza lanuda en su regazo. Los dos niños parecían contagiados de su inquietud y su tristeza.

Charles tenía el aspecto de una fiera salvaje. Encerrado en el salón, no paraba de pasearse por sus pocos metros cuadrados como uno de los viejos leones del zoo de Abiyán. Se le leía el miedo en la mirada, porque sabía que era carne de represalia, que poco importaba si jamás pudo votar ni quiso enrolarse como escudo humano para el palacio presidencial o participar en el bloqueo a las tanquetas de la ONU.

Amélie intentaba razonar con él. Como eso no funcionaba, acababa por rendirse y ensayaba el gesto de pasarle la mano por la cabeza para procurarle ánimo y protección. Pero él parecía totalmente abstraído y apenas interrumpía sus paseos para sentarse, mascullando entre dientes, frente a su plato de fufú con salsa de maní y levantarse a los pocos segundos, dejándolo intacto.

Amélie temía que quisiera buscarse un arma o que intentara huir y le dieran caza como a un mono o una rata de bosque, pero no sabía tampoco qué aconsejarle. Ignoraba si era preferible quedarse en casa a esperar o si la solución a su dilema pasaba por intentar escapar al sitio de Yopougon antes de que fuera demasiado tarde.

Rabiosa

Que diría la asesora de educación de Obama, también conocida como Shakira. Así estoy esta noche. Porque un malentendido cultural con mi portátil, quizás afectado por la muerte de Steve Jobs, ha acabado con cuatro páginas de mi supuesta novela perdidas en el paraíso de los archivos informáticos dañados, mutilados o simplemente volatilizados misteriosamente. Lo peor es que me sentía inspirada, tenía tiempo, el niño estaba con los abuelos e iba lanzada :(

Pensaba que había llegado a cubrir un tercio más o menos del texto y que podía repasar expresiones, buscar sinónimos, meter más poesía, resolver mejor algunos finales y enlaces … Mi gozo en un pozo.

En fin, rabiosa como Laurent, que explica los efectos de la guerra sobre la gente normal:

Me explicó que sus padres vivían en Divo, una ciudad al noroeste de Abiyán, y que habían tenido que abandonar su casa al saqueo y huir hacia un barrio más seguro. Su padre era profesor retirado y no había podido cobrar sus dos últimas pensiones por culpa del cierre de los bancos. Las oficinas de Correos y las que se utilizaban para transferir divisas desde Europa también estaban cerradas. Las tiendas seguían clausuradas y el embargo de medicamentos había encarecido terriblemente los remedios para su madre hipertensa.

Me dijo que ese mismo embargo había acabado con decenas de diabéticos y otros enfermos crónicos y había dificultado aun más los partos y el cuidado de los niños más pequeños. La mujer de su hermano menor, Ignace, había pasado tres días intentando dar a luz en casa de sus padres, sin posibilidad de ser atendida por el hospital por falta de medicinas y de facultativos. El niño nació muerto al cuarto día de calvario, dejando a su familia desolada. Sendas epidemias de polio y cólera se declararon en el oeste del país, donde existían rumores de masacres y desplazamientos masivos. La malnutrición se sumó a las enfermedades, los hospitales cerraron y los médicos huyeron de sus puestos a sitios más seguros, de esos que casi no quedaban en el país ya.

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