Fuentes web
Entradas
Comentarios

Ya enralada y cogiendo ritmo, espero, transcribo táctica literaria triangular pivotante en este blog:

1. Finalizar la gran novela del siglo XXI, a caballo entre Costa de Marfil y Canarias. Pensé que sería más fácil, por tener aquí a mi propio contador de historias y material propio sobre el que construir algo. Pero me está costando. A ver si con el blog desatasco y avanzo.

2. Publicar un par de libros con Bubok, ahora que estoy inscrita gracias a Javier de Ríos Briz ;)   Más sencillo de lo que pensaba y al mismo tiempo, más complicado. Iré informando.

3. Participar en otros blogs y en Relatos en cadena y otras iniciativas, cogiendo como base logística este rinconcito del ciberespacio.

Una vez expuesta la táctica, me retiro a mi aposento. Acabo de dormir al niño, mañana trabajo y se me caen los párpados sobre estas líneas. Consagrándome a Arouna Koné, Romaric y Drogba, entre otras musas, me voy a la cama.

La autora de este blog, Ángeles Jurado Quintana, es periodista y tiene 40 años, ocho meses y dos días. Todavía amancebada con el Hombre, una cocina Ikea y una minicadena Mediamarkt, amplió familia en noviembre de 2009 mediante cesárea de urgencia. Miguel, su único churumbel hasta el momento, se independizó de su persona vía la cicatriz que ahora luce entre monte de Venus y ombligo. Dieciocho grapas lo atestiguan.

No espera euromillón ni lotería, ni chiringuito en Broome ni a Viggo Mortensen. Ni dejar de sorprenderse con la velocidad a la que crecen los niños, cambian las ciudades y se pierde la memoria.

Espera, al contrario, no hacer mucho daño al planeta ni sus habitantes, leer más, escribir algo y no dejarle la cabeza al niño para sicoanalistas ni gurús de secta. También espera parir una novela un día, si los dioses lo permiten, y pasear palmito por Las Canteras, ya jubilada, con el Hombre a la vera, intemporal y hermoso como un fetiche negro :)

La guerra

Los rebeldes cruzaron el país velozmente.
Las selvas rumorosas, las plantaciones de cacao y caucho, los ríos que rebosan siempre peces y piraguas, los cafetales, la reservas donde acabaron con los pocos elefantes que sobrevivieron a las epidemias, las otras guerras, las sequías y los harmatanes. Degollaron a pueblos enteros, quemaron a familias vivas dentro de sus cabañas de adobe, violaron a todas las mujeres con las que se cruzaron, destriparon niños y soldados. Los rumores se adelantaban a ellos, viajando en nubes y pájaros, para sembrar el miedo entre los aldeanos a los que se acercaban.

Los que se cruzaban con ellos y escapaban vivos contaban que en sus ojos enfebrecidos se leía el hambre de mar. No cesaban de hablar de ocupar la capital y las playas del Sur, los puertos donde se acumulan los petroleros y las sacas de cocos y grano de café y los manglares que se arriman a las viejas fortalezas coloniales.

Llegaron a la capital de noche y se desprendieron de la oscuridad al llegar a las puertas de su bidonville más pobre. Sus figuras se dibujaron con el humo de las hogueras que se desplegaban, como un fuego de artificio, en las tinieblas. Eligieron bien la brecha por la que colarse en la ciudad: una ladera donde los inmigrantes se hacinaban sin luz, ni agua, ni poco más que un techo de hojalata y cuatro ramas por paredes.
Allí los recibieron como a héroes.

La ciudad se colmó de presagios y señales. Las estatuas de la catedral católica lloraron sangre, las estrellas fugaces emprendieron un furioso combate y corazones desgarrados se dibujaron en la superficie de la sauce graine que borboteaba en los calderos de más de doscientos hogares.

Laurent habla

Hasta aquella noche concreta del 11 de abril de 2011, yo no sabía nada del país de Laurent salvo el nombre. Él me pintó con palabras el bombardeo de su barrio en Abiyán, Yopougon, y el incendio de las plantaciones y los bosques que rodeaban su ciudad natal, Guibeorua. Me habló de masacres, de saqueos, de lo que la Licorne y la ONUCI hacían en su país sin rendir cuentas a nadie, del dictador Gbagbo y de su flamante repuesto, Ouattara.

También me habló de su infancia en el pueblo de sus padres, durmiendo en una choza rodeada de un patio arenoso y sombreada por un enorme mango, de una esterilla que compartía con su abuelo. De las hormigas de cabezas enormes, agrias, adornadas con mandíbulas colosales y rápidas para subir por las piernas de un niño distraído. De las veloces serpientes que perseguían en lo más hondo del bosque. De los cantos de los cálaos y las risotadas de los loros grises. De las horas que pasaba viendo evolucionar a los monos en las copas de los árboles más altos. De las gruesas orugas asadas y de las ratas de campo que cazaban para guisarlas con sauce graine.

Me explicó cómo limpiaba de maleza el arroz siendo niño, cómo cortaba a machetazo limpio las manos de bananas o recogía los granos de café cuando creció un poco más. También cómo jugaba al fútbol en un pequeño claro del bosque, acosado por los chicos del pueblo porque él llegaba de Abiyán con su equipaje nuevito, reluciente.

Me relató cómo su abuelo se levantaba de madrugada a rezar para conjurar a los demonios y cómo le contaba historias para dormirse por la noche. Las rebeldías de su hermano Ignace y las reprimendas de su hermana mayor, Amélie.

Reconozco que me tenía hechizada.

Su forma de hablar era tan apasionada que me sentí cautiva de sus historias, parte de ellas, caminando por un cafetal de noche, con la luna y las lechuzas como únicos testigos. Creo que hasta oí cómo los cálaos chasqueaban sus enormes picos del color de las bananas maduras y adiviné que el bosque olía a misterio, a fruta podrida en el suelo, a rastro de animales en celo.

Creo que es parte del segundo capítulo, no podría asegurarlo.

Tampoco puedo asegurar que sea sensual. Más bien se queda corto. Aburrido también, ¿no?. Quizás tendría que ser más volcánico o más explícito. Quizás llega el momento de deformarlo todo para que sea más novelesco.

Con prudencia, aquí va:

Hubo un momento en el que la percusión se detuvo, la sala se oscureció y alguien pinchó un tema lento de Ismael Lô.

Sentí que me agarraban con fuerza y me arrastraban hasta estrellarme contra otro ser humano. Laurent tomó mi mano con firmeza, con su nariz a apenas algunos milímetros de la mía, y la llevó a su pecho. Después rodeó con un brazo que parecía de hormigón armado mi cintura, sumergiéndome en su olor.

Pensé que quería tatuarme en su piel, transformarme en una señal prendida a su epidermis de color teca. En cuestión de segundos me atravesó como un flechazo la certeza de que lo que deseaba era sumergirme bajo ella, hacerme margullar en un mar de chocolate.

Laurent se movía con morosidad.

Soldada a su pecho, yo seguía sus movimientos casi como si surgieran de mi propio interior. Sentía sus brazos, sus caderas, sus muslos y hasta su propio sexo, un animal vivo que latía y se enrabietaba dentro de sus pantalones, como parte de mi propia anatomía.

Me estaba desliendo, convirtiendo en pura melaza o, mejor, en el chocolate con el que él pretendía fundirme.

Cerré los ojos y me dejé llevar. 

El señor Woolf, supongo

La última vez que lo vi con vida regaba, abstraído, un parterre cuidadosamente recortado. Su estampa era bucólica, amable. Un leve rocío caía sobre los hibiscos de color escarlata. Sus ojos parecían ensoñecidos.

Noveleando

Casi medio año sin escribir aquí.

Sin excusas, salvo quizás el aburrimiento, la indignación, la tristeza o el agotamiento, juntos o por separado cada vez que me sentaba ante el teclado y ejercían de cóctel inhibidor de la creatividad. Perdí la gracia y la inspiración en algun punto del camino, con Miguel colgando de un pecho y una nota de prensa calzada entre las neuronas.

Sin embargo, los reproches de Ruyman y los anuncios de Amazon de Ernesto me empujan hacia este momento.

Sigo sin ganas de escribir en el blog por las mismas razones que esgrimo para explicar mi inapetencia de los últimos seis meses, pero creo que quizás  pueda enlazarlo con otro proyecto también atascado, que pretendía desatascar en vacaciones y quedó aparcado entre piscina, playa, siestas y otras delicias a la vera de los dos hombres.

El proyecto suspendido en el espacio y el tiempo empieza así:

El sueño se repetía constantemente, cada vez que cerraba los ojos para una cabezadita en la playa o una larga siesta tras las anticuadas persianas del dormitorio o una noche de sueño reparador con la nariz enterrada en la espalda de Tomás.

Lo cierto es que podría haber sido un sueño premonitorio si no se hubiera cumplido punto por punto en la vida real. O que podrían haber sido recuerdos, si no hubiera estado a más de seis horas de avión de su país en aquel momento concreto de su historia.

Como había sucedido en realidad, en su sueño los rebeldes también bajaban del Norte en poco más de dos semanas.

Leo a Julian Barnes estos días: mucha muerte, mucha duda sobre la construcción de los recuerdos, mucha música, mucha filosofía, mucho placer y muchas reflexiones sobre dios.

En un momento de este peculiar libro de memorias, Barnes explica que dejó de creer en dios cuando lo imaginó observándole mientras se masturbaba. Y entonces intenté recordar, en la 3 que me subía desde el trabajo a casa en volandas de un rugido, cómo perdí la fe yo misma.

Creo que fue un acto consciente, meditado y casi intelectual, resultante de la educación religiosa en el colegio y el instituto y de la observación de otros creyentes. Sobre todo, de mi familia.

Recuerdo que en cuarto o quinto de E.G.B. ya manifesté ante mi profesor que me fiaba más de Darwin que de la Biblia. Comprendo que no pudiera mantener un intercambio intelectual conmigo, que creo que todavía no tenía todos los dientes definitivos en su sitio, pero se limitó a darme un espantón, traumatizándome de paso. Intuyo que en otros tiempos me habría mandado a la hoguera.

Descreer o aprender a dejar de creer me parece la consecuencia normal de ser una niña sensible, con amor por la rectitud, e ir a misa en familia. Mientras escuchaba al cura decir algo coherente, tipo sé buena persona con los demás o no despellejes vivo al vecino,  procedía a analizarme, flagelarme y hacer propósito de enmienda. A mi lado, el pariente mayor de turno parecía reflexionar también en silencio … hasta que salíamos de la iglesia y retomaba con entusiasmo todos los comportamientos que el cura reprobaba. Aprendí lo que eran la hipocresía y la doble moral.

Con el tiempo, perdí una fe amable e firme, supongo, de niña, enraizada en mí aunque no me creyera la historia de Eva y Adán. Un día decidí que la gente creía en dios para asegurarse un hueco en el cielo, en caso de que existiera, y por miedo a la muerte. Me pareció una cobardía. Asumí izquierda y ateísmo y desde entonces intento ser coherente.

Aunque, en plan un poco Barnes, todavía me planteo si alguien me está viendo cuando hago algo reprobable o no aceptado por la reducación religiosa de turno. No sé si mi abuela o un tipo barbudo con una túnica por toda indumentaria y con un triangulito resplandeciente en el colodrillo.

Una nueva Babel

Mi primera lectura del año es un poco deprimente, pero clarificadora y muy interesante. Es una obra del suizo Jean Ziegler titulada  El odio a Occidente, en la que da cuenta de un proceso de alejamiento entre Occidente y el Sur que parece irreversible a principios de este siglo. Según Ziegler, este proceso se da por la  arrogante y brutal esquizofrenia de Occidente y por el odio frío y razonado del Sur .

La esquizofrenia proviene del doble rasero y la hipocresía. La democracia y los derechos humanos funcionan dentro de un estado occidental, pero sólo de boca para fuera en el resto del mundo. Además, me atrevería a puntualizar que no siempre y no para todos en Occidente y me remito a la cantidad de ciudadanos que va quedando excluidos por el camino, empezando por los inmigrantes en situación irregular o colectivos como el gitano en Francia y la creciente población parada y empobrecida.

En el Sur, Occidente habla de democracia y derechos humanos, pero aplica la ley de la jungla, la brutalidad económica y política más salvaje, la prepotencia.

Por otro lado, el Sur observa lo que sucede en Palestina o en Darfur, en Irak. Lo que sucedió durante la trata de esclavos y el colonialismo. Lo que hacen las instituciones de la “comunidad internacional” o dejan de hacer en función de los intereses de Occidente. Y eso provoca ira, rechazo y lo que Ziegler denomina un odio razonado y frío.

La combinación de la esquizofrenia occidental y el odio del Sur da lugar a que los países del Sur empiecen a bloquear las instituciones internacionales (véase el Tribunal Penal Internacional en el caso de Sudán y Bachir), algo que Ziegler ve negativo en algunos casos. También da lugar a que gente como Evo Morales busque su propia manera de ejercer el poder, en un estado pluriétnico y donde los derechos humanos y el bienestar de los gobernados sean la premisa fundacional, al contrario de lo que ocurre ahora en Europa.

Ziegler ve la esperanza en gente como Morales, que reniegue del tribalismo fanático y gobierne para sus ciudadanos, no para las multinacionales de turno. En las antípodas de Bolivia sitúa a Nigeria, con elecciones fraudulentas que son aceptadas por Occidente sin un pestañeo pues sus élites están al servicio del poder económico y político occidental.

Ziegler fundamenta la ceguera suicida de Occidente en el “fracaso” del comunismo y aboga por un entendimiento antes de que sea demasiado tarde.

Hoy empiezo Traficantes de información, de Pascual Serrano, sobre el conglomerado bancario, empresarial y político que está detrás de las grandes plataformas mediáticas y de opinión en España.

Para empezar el año con la dosis de indignación justa y necesaria.

Propósito 1

Acabo de empezar la segunda novela de mi “trayectoria” como juntaletras … la primera se quedó en una especie de preámbulo y no consigo arrancar. Con la segunda no voy mucho mejor: media triste página y una dedicatoria. Pero tengo la intención de ponerme disciplinada, puntillosa como el protagonista de La muerte en Venecia, y de escribir algo cada día, aunque sea en la pausa del almuerzo o cuando las bestias pardas (aka Marc y Miguel) caigan rendidas en la cama.

Tengo intención de que sea breve, así que no creo que pase de las 120 páginas. No estamos por emular a Ken Follet.

A ver si podemos ver la novelita un día de este año y a ver si alguien ayuda con el título. Necesito algo que conjugue África, comida y amor y ya doy muchas pistas ;)

Finalizo esta entrada afirmando que nuncamás vuelvo a una gran superficie comercial a buscar libros y que no entiendo por qué no se puede conseguir el Homenaje a Cataluña de Orwell en esta isla. Por culpa del Corte Inglés y de la manía de mi padre por la Guerra Civil española, aumentamos los beneficios de Intereconomía adquiriendo un engendro del comentarista faltón de El gato al agua. Lo compenso con un libro sobre Mandela, a ver si la mala baba de los profetas del fin del mundo a manos del rojerío se ve contrarrestada por la calidez de Madiba.

Ligeramente indignada, algo soñolienta pero extrañamente excitada, decido volverme a la cama a pensar títulos mientras expulso a Miguel a su cuna.

« Entradas Recientes - Entradas antiguas »

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.